León

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El Ayuntamiento aprobará mañana una ordenanza que prohibirá ir desnudo por nuestras calles. A mí que no me miren, soy friolero. «A mí, tampoco», habrá exclamado mi lectora centenaria. Algo hay que hacer con la zafiedad callejera de las despedidas de soltería. Vienen de fuera a hacer lo que no se atreven hacer donde se les conoce. Y nos dejan vomitonas, pufos y bochorno público. Vale, aprobarlo en diciembre suena a sarcasmo, pero más vale en invierno que nunca. No es medida conservadora, sino de buen gusto y en defensa del modelo de paisaje urbano que queremos. Recuerdo haber escrito mi sorpresa ante un grupo de chicas que llevaban un gran pene en la cabeza; mi primer pensamiento fue que eran extraterrestres; el segundo, que habían abusado de la comida basura; y el tercero, el acertado, que en mis tiempos la soltería se despedía agitando el pañuelo o pidiéndole a Ivanhoe que cantase algo al laúd. ¿Desnudos por la calle? A todos en el siglo pasado nos han pedido un hijo desde lo alto del andamio, incluso familia numerosa, pero íbamos vestidos. Lo importante es que la ordenanza sea clara. «¿Ir en hoja de parra es desnudez?» preguntará ese joven ibicenco que ha organizado una despedida aquí para este mes. Sí, mozo, y en gayumbos tampoco, aunque lleves bufanda. Y sin proestas: en nuestro Viejo Reino os habríamos pasado por el potro. Ah, el Medievo.

En el correo electrónico me entra una sorprendente petición: «Te pido enviarme 1.000 artículos tuyos, donde haya frases de humor», me reclama un querido amigo filólogo. Miré hacia el calendario por si fuese el día de los inocentes. Pero hace mucho que dejé de guardarme, no me tengo. Le pregunté si los quería para empapelar la muralla china o la torre Trump. Porque depende lo que entendamos por humor. Soy de semblante circunspecto y de interior socarrón; o quizá al revés, según el día de la semana; cito mucho a mi mujer, a Paquirrín, al sultán de Turulustán, la danza del vientre… pero en mis columnas solo encontrarán un poco de humor, amor y dolor entremezclados. Con la inspiración hago lo que puedo.

Y por ahí asoma la Graciosa y dulce Navidad, con su misteriosa alegría melancólica. Siempre igual y siempre diferente. Ah, diciembre. Ah, la vida.

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