Diario de León
Antonio Manilla

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Casi tan arraigado ya en el imaginario colectivo español como el Gordo de la lotería, el semidesnudo de las uvas que ya desde un mes antes comienza a publicitar la cadena que lo emite —con la filtración de información sobre el taparrabos de diseño con que lucirá palmito la bella de Romero de Torres— se ha hecho en unos pocos lustros un hueco entre los clásicos navideños españoles. Envejece la modelo, pero la curiosidad se mantiene intacta, alimentada por el morbo de ver cómo un año tras otro los índices de audiencia del resto de cadenas indefectiblemente se desploman en cuanto sale a la palestra una mujer menos vestida que una cantante de orquesta, con un señor de frac al lado.

El sentido festivo español, como acredita este fenómeno televisivo, pasa por esa ensoñación verbenera de hembras ligeras de ropa con tipos con cara de severo bajista al lado cubriéndoles las espaldas y haciéndoles el duduá. Para qué nos vamos a engañar: es pura caspa, pero varias generaciones de españoles fueron educadas en el cine de destape, el mito playero de las suecas, en el acomplejamiento sexual del macho ibérico. Es lo que hay y contra ello puede hablarse cuanto se quiera, pero la realidad tiene una cualidad indiscutible: es lo que existe y lo demás puede ser anhelo o utopía, pero no tiene la misma sustancia. A uno puede parecerle un carnaval adelantado y a otro el nacimiento de la Venus de las uvas, pero la recepción que obtiene en visionados cada nochevieja es lo que dota al fenómeno de consistencia.

Este semidesnudo de Sèvres ofrecido al hilo de las campanadas de todos y cada uno de los años de la última década, como aquellos otros eternos posados de playa de la abuela subrogada para dar el pistoletazo de salida al verano, son cosas que se atragantan y algún día serán cachitos de hierro y plomo más pesados que los chistes de Arévalo y los gags de Martes y trece. Aun así, servirán para recordar cómo fuimos una vez, al evocar un tiempo en que esas cosas tenían cierta gracia o chispa, como ocurrió con las mamachichos de Telecinco, la teta al viento de Sabrina o las travertinas piernas de las severas y miopes secretarias del «Un, dos, tres». Hablarán a nuestros nietos más de nuestras inhibiciones que de nuestros gustos, pero algo les dirán, aunque no nos guste.

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