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Lo he escrito ya aquí: me encantaría volver a ser niño, solo durante unos días y con lo que sé ahora. Tener de nuevo siete o de ocho años y con mis actuales conocimientos, que no es que sean para tirar cohetes pero me servirían para mis propósitos. Disfrutaría dando respuestas inesperadas. Por ejemplo, a «¿Has pedido muchas cosas a los reyes, majo?» contestaría: «Poca cosa, señora, un millón de dólares, un viaje a Las Vegas, una noche loca con Scarlett Johansson…». Y si no se desmayaba con eso, le especificaría el lugar escogido para el tatuaje. En la infancia, los desconocidos o gente sin la debida confianza nos sometían a interrogatorios sin escapatoria. «¿A quién quieres más a mamá o a papá?». Hoy, niño de siete u ocho años, pero sabiendo lo que sé ahora, daría una respuesta a la altura de la impertinencia: «¿Y usted, don Aniceto, a quién quiere más a su señora o a esa rubia a la que acaba de guiñar el ojo?». Por supuesto, ni siquiera es estrictamente necesario que hubiese tal rubia, pues lo importante es el susto ejemplarizante. Y aún había otra aún mucho más capciosa: «¿Has sacado muchos sobresalientes?». Era mentar la soga en la casa del cateado. Digna de Herodes. Contestaría impertérrito: «Sobresalientes ninguno, doña Agripina, pero el buitrón se me da de perlas». Cómo iba a disfrutar exagerando un poco. Sin embargo, cuando me preguntasen «¿Qué quieres ser mayor?», aquí sí mi respuesta volvería a ser la misma de siempre: «Feliz». Porque desearlo conlleva ya serlo, y esta es una de las misteriosas enseñanzas que imparte la vida.

La felicidad es uno de los temas que me interesa desde niño, y mi intuición ya de entonces resultó cierto: está vinculada al amor. Y en esto también puede decirse que anhelarlo ya conlleva tenerlo. ¿No es misterioso?

Sí, si volviese a ser niño durante unos días pero sabiendo lo que ahora sé, diría a mis padres: «Nunca estéis preocupados por mi futuro, todo me irá bien, incluso cuando vaya mal. Vuestro amor y humor seguirán funcionado cuando ya no estéis aquí». Les abrazaría y les daría las gracias. Como si lo viese, se dirían perplejos: «¡qué raro está el niño, a este le han dado las notas». Ah, la vida, el camino recorrido y el que nos queda por recorrer.