Un diario en Nuremberg
El poder de la palabra goza a veces de extraordinaria eficacia. Me viene precisamente a la mente con tal afirmación el nombre de la niña rusa Tatyana Nikoláyevna Sávicheva (1930-1944), que vivía con su familia en Leningrado (actual San Petersburgo). Muerto su padre por causas naturales, la familia quedó en una delicada situación económica, que obligó a su madre a diversos trabajos para seguir adelante, y, entre otras cosas, cubrir la vocación musical de la hermosa voz de Tatyana. No eran, sin embargo, buenos tiempos para sueños y esperanzas. La guerra lo condiciona todo. Y no parece que aprendamos fácilmente la lección.
Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar el Asedio de Leningrado desde el 8 de septiembre de 1941 hasta el 27 de enero de 1944: los alemanes y sus aliados finlandeses, ante la vigorosa defensa de la ciudad soviética, optaron por bloquear los accesos a la población y dejar morir de hambre y de frío tanto a sus habitantes como a la guarnición que la defendía. Muchas familias corrieron esta suerte porque todas trabajaban para apoyar al Ejército Rojo, Tatyana en concreto cavando trincheras y ayudando a preparar bombas incendiarias. Como se comprende fácilmente, el cerco llevó a su familia a las consecuencias más graves y dolorosas.
Cuando se habla de diarios durante la Segunda Guerra Mundial, prácticamente todo el mundo recuerda el cuaderno íntimo de Ana Frank en el que dejó constancia del tiempo que pasó oculta de los nazis. Removió, sin duda, conciencias y sentimientos. Nada que ver, por supuesto, con el de nuestra protagonista, un diario muy corto pero intensamente conmovedor: consta de solo siete páginas en que, de forma escueta, prácticamente telegráfica, da noticia en cada una de la desaparición progresiva de toda su familia. Por ejemplo: «28 de diciembre de 1941. Zhenia murió hoy. Eran las doce y media de la noche»; «Leka murió el 17 de marzo a las 5 de la mañana. 1942»; «Mamá murió el 13 de mayo a las 7 de la mañana. 1942», … «Todos están muertos. Solo queda Tatyana», que murió el 1 de julio de 1944.
Uno no puede imaginar el desgarro de tanto dolor. Su desnudez conmueve hasta lo impensable del poder de la palabra. Tal es lo que ocurrió al presentarlo como prueba en los juicios de Nuremberg. El diario, que se conserva en el Museo de Historia de Leningrado/San Petersburgo, se ha convertido en símbolo de las víctimas del asedio nazi. La palabra también merece a veces la pena.