Mamarrachos
Con el tiempo perdí el miedo a caminar sola por la calle en la oscuridad de la noche. Nunca con la inocencia de cuando tenía 14 años y carecía de la conciencia del peligro que acechaba al otro lado de las vías o, aún con más edad, cuando regresaba a casa en las noches de verano. Perdí el miedo, pánico real, pero el corazón sigue dando brincos a veces, sin más motivo que unos pasos que resuenan a mis espaldas o una sombra que se acerca en la calle solitaria.
Vivir con miedo no merece la pena. Hace tiempo que había conseguido apartar de mis pensamientos esa angustia. La noche del viernes volví a sentirla. No fueron ideaciones o fantasías de un peligro inexistente. Unas voces encrespadas que salían de un coche me sorprendieron mientras cruzaba una calle bien iluminada. Al principio pensé que aquellos chicos se vociferaban entre sí, en una de esas diversiones chabacanas de moda.
Pero los gritos y los insultos iban dirigidos a mí. «¡Zorra! ¡Puta! ¡No me ignores!». La única viandante de la calle, la mujer con el paraguas de cuadros, la sujeta que se les cruzó en el camino de su delirio y no quiso hacer casito a los mamarrachos.
El cuerpo de las mujeres es el campo de batalla y el arma de control del machismo. Incluso creen que una mirada de miedo les pertenece. Un paso no detenido o la indiferencia saca el odio que llevan dentro alimentado de complejos y cobardía. Si se prestaran atención a sí mismos, no se darían risa, sino pena.
Ignorar a los gilis es darles la medida de su estatura mental y de su talla moral. A palabras necias, oídos sordos, decía mi madre. Debió de ser el eco de su voz o ese legado que las mujeres nos vamos transmitiendo de generación en generación y de amiga a amiga lo que me impulsó a seguir caminando aunque la respiración diera saltos en mi pecho.
Lo sucedido no es una anécdota, aunque haya que reírse de los machistas incapaces de salir de su zona de imbécil holgura. El machismo y la misoginia campan por sus fueros en las latitudes oscuras y sórdidas de una parte de estas nuevas generaciones dispuestas, tanto o peor que las viejas, a comerse el mundo hinchando su masculinidad tóxica con un volante, en el fragor de una manada, cuando salen de caza y disparan a cualquier mujer con su boca llena de mierda, o con un carguito.
Esta violencia que normalizan con la estúpida verga de su verbo estúpido es la base que sostiene el iceberg de las violencias machistas. Por encima están todos los Pelicot que violan o se unen a chats para intentar violar a mujeres drogadas y que, ¿casualmente?, han salido a la luz gracias al coraje de Gisele Pelicot al abrir las puertas de su dolor para que la vergüenza cambiara de bando.
El acoso cotidiano a las mujeres, en la calle, en la oficina, en los bares, en las casas, en las redes y en los burdeles acaba en los asesinatos machistas, 47 víctimas de otros tantos hombres en 2024 y 1.292 desde 2003 y de sus hijos e hijas, 9 en 2024 y 62 desde 2013. El machismo es estúpido, pero la estupidez hace mucho daño.