Diario de León

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Quién sabe dónde está escrito el último suspiro. A una joven vallisoletana quién iba a decirle que le esperaba caligrafiado en Tailandia y recetándole la muerte una elefanta seguramente algo harta de tanto turista lavándola a todas horas y tocándole las tetas hasta que enfiló su colmillo de paquiderma que deja en broma las astas de un miura embravecido. Y ahora los suyos lamentan o quizá maldicen que la joven eligiera pasar las Navidades en un lugar tan lejísimos de la familia, de la tradición, de la cuna y del jajajá con campanillas... y ese día fatal, sobre los pucelanos campos blancos de escarcha fiera y cencellada, se tendió su luto como si la tinta de un diablo oscuro escribiera en negro sobre radiante nieve navideña. Debería estar prohibido morirse en Navidad, días de noches güenas con lumbre y años estrenados con nuevos perfumes atufando el ascensor. ¿Es que no puede dar una tregua la Parca?... ¡por favor, puta señora!... Esa tregua en Gaza es una exigencia ética de lesa humanidad, pero el hebreo no celebra la Navidad, aunque le gusta participar en ella dejando barrios y ciudades como turrón del duro trillado a hostias, escombro y cascote, expulsando de allí hasta las ratas y buscando la gente el amparo de un pesebre evangélico en los campos de refugiados donde una bebé de sólo tres semanas murió congelada hace unos días, y al poco, en Deir al Balah, otro bebé de mes y medio muerto también de frío, escarchado el pobrecín; y a fecha de hoy, cinco niños más. En esos portales gazatíes no hay siquiera el vaho de una mula o un buey. ¿No es inconcebible esa forma de morir en estos tiempos? La foto de sus cuerpecitos como hatijos blancos en el suelo, a los pies del imán que oficia su funeral, sobrecoge, subleva e invita a la blasfemia. ¿A qué lado mira Dios? ¿Qué coños pinta ahí Yahvé de lado? ¿Y Alá de espaldas?... Pero el último suspiro lo escriben Ellos, ya estés de fiestuqui en Tailandia o buscando mondas de patata en un campo de refugiados. El fatum está dictado. Lo dicen mucho en Méjico y lo repetía Vicente Fernandez, don Chente, el «sigo siendo»: «Si te toca, ni aunque te quites... y si no te toca, ni aunque te pongas».

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