Diario de León
Pedro García Trapiello

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Quien quiera ver definitivamente muerto algo... ni lo nombre. No hay lápida más matarife y pesada sellando lo muerto que el silencio. Chissss... el mayor desprecio, se dice, es no hacer aprecio... chissss... y deja pasar ese ángel... de la muerte. Por el contrario, pon al difunto en voz o letra y al instante resucita su figura, su legado y sin duda algún imitador. Por eso a Franco se le jaleaba por triplicado «Franco, Franco, Franco», grito para que no cupiera el silencio. Pero cuando Roma quería castigar de veras al emperador traidor o al general sedicioso, le aplicaba la «damnatio memoriae», la condenación de su memoria, se trillaban sus estatuas, se borraba su nombre de lápidas y papeles, se disolvía en el olvido decretado todos sus rastros y así nadie podía invocarlo, no fuera que... Aunque «sin memoria no hay justicia y sin olvido no hay paz», dicen los ochentaitantos de la plataforma «Libres e Iguales» firmando un manifiesto «contra Franco» en el que piden boicotear las cien actividades oficiales de conmmemoración de la muerte del dictador que ha organizado el gobierno de Sánchez como alfombrón bajo el que barrer su propia suerte en entredicho judicial, dicen, y por aquello también de «a moro muerto, gran lanzada».En realidad es volver al «contra Franco vivíamos mejor» excitando a las dos trincheras que nunca se cegaron, ahí las tienes, báilalás, no les quites el mandil... ni el correaje argumental y el pistolón emocional, ni los disparos de tinta que cruzan el aire, agria munición de tertulias estériles. Y no ha hecho más que empezar. La concordia española es una utopía desde Viriato; todo el mundo guarda sus facturas, las falsifica, las reescribe, las inventa o, si son del otro, se las pasa por el forro de los cojones, que son el único dogma de cada cual porque cuando aquí se dice «por mis fueros, sólo significa «por mis huevos». Un capador mental sería higiénico. Pero «las naciones no cambiarán hasta que los profesores de Historia sean extranjeros», vuelve a insistirnos Bertrand Russell... y también los tertulianos, los expertos, los enterados, los de la cáscara amarga y los de la laureada en las lentejas.

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