CANTO RODADO
Se buscan obispas
Los malvados triunfan. La distopía es la realidad de cada día; sólo la utopía podrá contrarrestar el delirio fascista
La obispa Mariann Edgar Budde pronuncia un sermón durante el Servicio Nacional de Oración en la Catedral Nacional de Washington, en Washington, DC, EE. UU., el 21 de enero de 2025. EFE/EPA/Will Oliver
La obispa Mariann Budde ha sido el bálsamo de una semana atroz. La religiosa, como prelado de Washington, cerró la ceremonia de toma de posesión de Donald Trump en la Casa Blanca. El país que presume de tener la democracia más avanzada del mundo guarda costumbres de cuño feudal, aunque la Edad Media europea nunca sucedió en Norteamérica. El iluminado presidente vino a decir que su poder emana de Dios como si no hubieran mediado las urnas atontadas en su elección.
Pero volvamos a Mariann Budde. La mujer que, desde 2011, es obispa. La primera dentro de la iglesia episcopaliana y posiblemente del mundo cristiano, mientras las católicas siguen en la larga travesía del desierto que las excluye del sacerdocio.
La obispa, que anda en bicicleta, dio un repaso a los planes que el jinete pelirrojo del neofascismo tiene para eliminar inmigrantes, marginar a las personas LGTBI y arremeter contra las mujeres. La primera, contestada ya en algunos estados, autorizar redadas de inmigrantes hasta en las iglesias.
Cosas que oímos a diario como una barbaridad se van haciendo hueco en el pensamiento colectivo como algo normal. Mariann Budde mostró, desde su pequeña estatura y desde su alta y serena voz, que al tirano se le debe plantar cara. La religiosa habló desde la compasión como mandamiento cristiano. «En nombre de Dios», pidió «piedad» para las personas que tienen miedo ahora» y para «con aquellos en nuestras comunidades cuyos hijos temen que se lleven a sus padres». Y fue aún más lejos. Pidió a Trump que «ayude a aquellos que huyen de zonas de guerra y persecución en sus propias tierras a encontrar compasión y acogida aquí». Una idea revolucionaria.
Trump despreció el sermón de la obispa y cuestionó su cualificación para el trabajo. Pero ella ha se convertido en el primer símbolo de la resistencia a un gobierno de machos, cómicos y el más rico del mundo.
Hay que ver sus orígenes.Trump desciende de un inmigrante que sembró de prostíbulos el medio oeste. Ha sido condenado, por lo civil, a indemnizar a una víctima de agresión sexual. Su secretario de Defensa cojea del mismo pie de agresor sexual y Elon Musk es el hijo del dueño de una mina de esmeraldas que creció confortablemente con el apartheid. Triunfan los malvados y lo peor de todo es que muchos jóvenes, sobre todo hombres, quieren ser Musk, Zuckerberg, Bezos o Llados.
La obispa simboliza la resistencia a todo este plantel superpoderoso y a sus ideas nazis de exterminio de los derechos humanos. Un muro de contención que habrá que construir desde todos los rincones del mundo. La distopía avanza y solo la utopía podrá contrarrestarla.
Miramos a Trump con estupor, pero tenemos enfrente a un señor Feijoo que se acaba de aliar (o liar) con Junts para usar de moneda de cambio del poder a los pensionistas y a todas las personas beneficiarias del escudo social por ¿40 razones? que no ha explicado. Ni se espera que lo haga. Se buscan obispas.