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Hablemos del tiempo, pero no en el sentido irónico de la expresión, ese al que nos aferramos para eludir todo aquello que preferimos no encarar. Atrevámonos. Este invierno, las ocho benedictinas del monasterio de Santa Cruz, en Sahagún, están diciendo mucho más «¡Jesús!», y no solo porque le tengan siempre el pensamiento. Hay castañeo de dientes y mucho temblor. Y miedo al estornudo, pues a la edad que tienen los catarros los carga los el diablo, si se me permite la expresión. Las bajas temperaturas lo congelan todo menos sus oraciones, en una durísima situación que también se está sufriendo en otros monasterios, de ahí que la Fundación Declausura haya puesto en marcha una campaña para recaudar fondos, pues los escasos recursos económicos de estos centros —también en los conventos— les impiden pagar la calefacción, incluso esas horas mínimas para sobrellevar el escalofrío con austeridad. Pobres monjinas nuestras. Leí el reportaje de Maite Rabanillo en este periódico, en el que informaba sobre esta situación, y de la página web a través de la que pueden ser ayudadas: declausura.org. Ellas rezan por nosotros, son nuestro brasero espiritual. Ayudémoslas a no temblar tanto en el claustro. No hay ningún san Francisco de Achis en el santoral. Dicho sufrimiento no forma parte de su prueba de fe, sino de la nuestra.

Sus vidas no serán menos austeras y devotas por protegerse más y mejor de las dentelladas del invierno. Sin ayuda no pueden lograrlo. En el cielo hay calefacción central, seguro. Y que ellas me perdonen la broma, solo pretendo mandarles la calidez de una sonrisa. No, no hay un san Achís en el santoral. Ayudémoslas.

El mundo conmemoró ayer los ochenta años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, donde toda piedad quedó congelada en un infierno de frío. La pregunta sigue vigente: ¿cómo pudo ser aquel horror? Pero cuidado con las trampas de los tiempos verbales, pues en nuestro presente —hoy y ahora— también cabe preguntarnos lo mismo. El problema de nuestras religiosas puede resolverse en unas horas y con un pequeño gasto, aunque sea excesivo para ellas… en cambio, el de la frialdad del mundo va a necesitar más tiempo. Ah la vida terrenal. Ah, la vida eterna.