Diario de León

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El problema del leonesismo para consolidarse como mayoría o al menos como alternativa es que hasta ahora ha sido demasiado monoteísta. Inmune a otra ideología que no sea el deseo de autonomía, ha carecido de otros planteamientos aparte de la queja y la evidencia de que las cosas nos van muy mal dentro de la Unión. Si le preguntásemos a uno de sus votantes qué tipo de teorías económicas o sociales alientan detrás del sumario programa que presentan elección tras elección, tendría imposible responder, porque todo el ideario leonesista se reduce a un solo mandamiento: «León solo». Un ideario de eslogan, panfletario, cuyo sentimiento transversal hemos visto acogerlo en su seno a políticos de derechas y de izquierdas sin demasiados problemas, aunque si se quiere constituir una propuesta viable y alternativa de gobierno se deben tener como mínimo unas cuantas cosas claras, porque aquí electores trumpistas hay pocos.

El «León solo», que como lema puede estar bien, resulta corto por los dos lados si se lo juzga como programa. Igual que llevamos cuarenta años bajo el yugo de Castilla, ya van cuarenta años en que ha quedado más que demostrado que el mantra «León solo» no llega para un diputado a Cortes. Con un lema no da para recabar en las urnas esos cuarenta mil votos en que se cifra aproximadamente la obtención de un representante que pueda ir a la carrera de San Jerónimo a exponer al resto de España las cuentas del Gran Capitán de León con Castilla. El leonesismo, que por fin ha cambiado el romanticismo por la evidencia, el nacionalismo decimonónico por los hechos, para tener posibilidades de ser altavoz de algo más allá de Tierra de Campos debe circunscribir su ideología de partido dentro de algo más grande que un mensaje tipo Femen.

La conversión de un movimiento social en un partido político en nuestro país casi nunca ha resultado fácil. Ecologistas y feministas, por ejemplo, no lo han logrado. Por eso mismo: carecer de un corpus ideológico. A favor del leonesismo juega el factor geográfico, la condensación en un pequeño espacio de ese sentimiento que no reclama tanto libertad como justicia. Este es dato, a mi modo de ver, a tener en cuenta. El pragmatismo sugeriría no abandonar la idea vertebral del «León solo» —y más solo no puede estar León en su reivindicación—, pero debe implementarse con un discurso constructor claro y propositivo.

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