Soy pesimista, sí. Y qué
Hombre, lo que se dice pesimista por naturaleza, no. Más bien, todo lo contrario. Pero hablando de esta tierra en que cada vez habitamos menos, sí lo soy. No resulta gratificante que alguien llegue presumiendo de hablar en tu nombre, de pregonar que sabe muy bien qué nos conviene, que no hay razones para el pesimismo porque los suyos han arbitrado medidas y programas tan eficaces, que el territorio tiene abundancia de manantiales de miel, dátiles y hojaldres. Fuentes de todo, aunque no sean líquidos, y lo que quieran. Echen imaginación al asunto. Y bla, bla, bla, bla… Es fácil detectar su mentira como método. Aún no han aprendido el peligro de la tentación de querer dirigir la libertad de los demás y apropiarse de ella. Grave error. La educación política de esos enviados, meros repetidores del Ojo Supremo, tiene solo el alcance de las políticas coyunturales y rentistas. No diremos a nadie lo que ellos quieren que digamos. En todo caso, haremos caso a quienes saben, y, sobre todo, a los indicadores, que, como se sabe por deducción, no invitan a otra cosa más que al pesimismo y a esa esperanza del futuro que predican y nunca llega. Mientras, esta tierra —lo subrayo si hace falta— está desamparada, olvidada, vilipendiada, con las ilusiones liquidadas y cercenados los proyectos, agredida por omisión por la administraciones estatales y autonómicas. Tomen buena nota para no seguir en esa guerra estéril. No cuela. Péguense para seguir perdiendo el tiempo, que lo gana el territorio en la conversión de una reserva —uno no sabe si de agua, de electricidad, jubilados, oropéndolas, maderas de chopo…—, no espiritual, por supuesto, ya saben.
Por esta razón los sindicatos han convocado una manifestación para el próximo domingo, que uno cree necesaria y, en lo posible, con la insistencia creciente y sin protagonismos políticos, porque no se trata de ideologías, sino de constataciones, para abrir orejas/oídos a los duros de mollera. Parece que les gusta joder todo. O no parece. «Más soluciones y menos cuentos», reza la razón de la llamada por el futuro y el desarrollo económico y social de León. Lo que ocurre es que los enviados por el Ojo Supremo respectivo, que andan siempre a la gresca, hasta el hartazgo casi ya inaguantable de buena parte de la parroquia, aprovechan también la ocasión, como no podía ser de otra forma, para la vulgaridad de seguir tirándose de los pelos. Directa o indirectamente, creyéndose dueños de las velas de todos los entierros, animan a los suyos para vituperar a los otros a cuenta de algún Ómnibus. Siempre estropeando el relato y meando fuera de tiesto. Quién puede ser optimista con ellos. Nunca quieren mirar un poquito más allá. Cortoplacistas y engañifas. Actitudes preocupantes que sabemos dónde suelen acabar. Estoy convencido de que no les importa.