Diario de León

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Como todas las zancadas de León después de saltar la muralla, La Lastra vino de ganarle espacio al pasto; igual entra en el inventario de la ley de restauración natural que tan animosa votó la gandaya política a la que damos de comer en Europa y, al final, se hace agua todo el empeño por transformar las sebes y huertonas a la sombra de paleras y chopos del país en una urbanización rectilínea, ponderada, igualitaria, merecedora de un cartel de bienvenido a Varsovia; o a Kaliningrado. Hubo un momento de aquella inspiración de la lucha por el proletariado, que bien parecía que Puente Castro iba a limitar al oeste con la reencarnación de Pripyat, aquella ciudad laboratorio que el soviet creó para demostrarle a occidente la forma de fabricar felices en serie. Durante años, no hizo falta central nuclear con fuga para recrear un escenario de evacuación. Será cierta esa leyenda de los leoneses que se abandonan al instinto. En la huida que estrenó el asentamiento quedaron elementos que aún hoy no tienen términos sin explicación en el traductor simultáneo del dialecto woke. Pusieron una pieza amorfa del tetris como podían haber encajado un puño de peana para la hoz y el martillo. La máquina de picar empresarios y arruinar negocios familiares tiene otra explicación que no es harina de este costal. El gran éxito de La Lastra actual es que el barrio que da réplica por el sur a la ambición del norte subsiste con un bar; el listado de licencias comerciales a pie de acera lo completan una frutería, una peluquería y una administración de loterías que hasta no hace tanto obligaba a resetear el GPS. Poco más. Y aún así, respira. La Lastra, lejos de ambiciones de paisanaje que alumbraron otros barrios, como Eras, capaces de poner y quitar alcaldes, se yergue sobre un pentágono que pone frente al espejo a otros espacios imperfectos de la ciudad, de una ciudad capicúa: capicúa en el Inteco frente a la renovación a medias del Crucero y el cubo del CRC de Pepe Blanco; capicúa de la sucesión de torres que le da a la Palomera un aire entre el Benidorm de Manolo Escobar y el Arbat de los potentados moscovitas.

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