cuerpo a tierra
Un par de bastardos
Los cazadores-recolectores, como luego las hordas vikingas, fueron los primeros que no reconocieron el derecho a la propiedad que comenzaba a imponerse en el neolítico, con la aparición de las jefaturas, aquellas primeras sociedades entre la tribu y el Estado. La suya no fue una lucha exactamente contra la autoridad, sino contra la propiedad privada: cuando la tierra es de todos, cada uno puede tomar lo que precise cuando lo precise. Ni la libertad individual, ni el no matarás y el no robarás, ni el comercio libre en paz —quizá las bases culturales, los principios de la civilización que comenzaba a nacer y ha llegado hasta nosotros— se conocían entonces, la moral era otra muy distinta: el mundo aún era contemplado como un jardín del que lo que se necesitaba, se tomaba; nada era de nadie, todo era de todos, el «tonto el último» que tanto predicamento continúa teniendo en nuestro país viene casi seguro de entonces. Aquel proto-comunismo de las bandas es el que algunos socialistas atribuyen al Estado —«el dinero público no es de nadie»— y los podemitas más juancarlistas o aborbonados a las mujeres, como últimamente se está viendo.
La ley del más fuerte consiste básicamente en ese no reconocimiento de la propiedad privada. Se empieza quitando una chocolatina en el patio de recreo del colegio y se termina por invadir países, como hizo el patanesco Putin. O cambiando de bando si conviene a los negocios que se pretenden hacer a costa de un conflicto armado con miles de muertes a sus espaldas. Si los vikingos no reconocían la posesión ajena, ahora estamos viendo cómo los norteamericanos niegan a Ucrania la posibilidad de un armisticio razonable para una guerra defensiva, que por definición es una guerra justa. Los ucranianos se niegan, claro, a que su territorio sea la moneda de cambio en las transacciones entre ese par de magníficos bastardos cuyos antecesores lideraron la Guerra Fría. El resto de Europa piensa que admitir que las fronteras pueden cambiar de manos por la fuerza bruta es un atentado contra la idea de propiedad en la que precisamente se basa ese capitalismo por el que Estados Unidos saca tanto pecho, diga lo que diga o trague lo que trague Zelenski. Y no le falta razón a Europa. Consentir que los trapicheos comerciales o la geoestrategia estén por encima de la ecuación agresor-agredido, supone otorgar carta blanca a la ley del más bestia.