CUERPO A TIERRA
Mirar y ver
En una ciudad que en todos los rankings sale como firme aspirante a capital del invierno, favorecer desde el gobierno municipal estrategias de desplazamiento al aire libre no parece solo insensato, sino también ligeramente necio. En un lugar donde históricamente las motos siempre han brillado por su ausencia durante nueve meses, ahora se está promoviendo la movilidad urbana a través de bicicletas, patinetes y paseo. Lo sano no está reñido con el frío, que ahí están los deportes de invierno y los helados de Coladilla, pero quemar calorías en según qué climas no cabe duda de que es un derroche innecesario, una malversación física mostrenca, un alarde de nuevo rico medioambiental, algo así como dejar abiertas ventanas en enero. Detrás está esta idea: gestionar en nombre de un futuro ensoñado: ese que recoge los aparentes propósitos de enmienda por todas las tropelías cometidas por los millonarios verdes y grupos de poder ahora infantilizados por la utopía ecologista ultra no de un mundo mejor, sino de unas elites con residencia en el Caribe a las que todo está permitido mientras los demás se aprietan el cinturón, que trae agujeros nuevos.
Aunque el lector, abrumado por las constantes peatonalizaciones como principal actividad municipal, quizá no lo crea, todavía hay ciudades que favorecen las actividades industriales a partir de decisiones políticas, como insinuó Óscar Puente cuando era alcalde de Valladolid de un modo que, por lo visto hasta hoy, resultó demasiado críptico para las inteligencias de nuestros gobernantes. No habrá ningún ciudadano que albergue la duda de que el modo en que se gobierna, a cualquier nivel, promueve ciertas cosas: si no existen urinarios públicos, la gente se alivia en la rúa cuando tiene un apuro acuciante, igual que si hay pocas papeleras los escombros terminan en las aceras que luego barrerá el viento. Y donde no hay suelo industrial, no llega industria. Un largo etcétera. Son cosas de cajón, aunque no vengan redactadas en la nota interior de la oligarquía 2030. Y que quienes precedieron al actual regidor en la posesión del bastón de mando tampoco las realizasen, no quita responsabilidad, solo aumenta la pena por los dirigentes que hemos padecido. Con todo ese pasado a las espaldas de alcaldes estéticos, siempre preocupados por gestionar en nombre de algún futuro, convendría poner la mirada en el presente. Una vacuna de realismo. Unos cuantos paseos por los barrios, fuera de las zonas peatonales. Mirar y, sobre todo, ver.