Esos locos bajitos
Que vuelva Serrat a cantarla. Esa letra se hace linterna si enfoca a la tropa más ruidosa de nuestro tiempo en la que bullen críos y crías, rapaces, adolescentes, pollitas, machitos, mocitas... Canta, Joan Manuel, canta: «A menudo los hijos se nos parecen, así nos dan la primera satisfacción, esos que se menean con nuestros gestos echando mano a cuanto cae a su alrededor... Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que, por su bien, hay que domesticar... Niño, deja ya de joder con la pelota, niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca... Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. A veces nos parece que son de goma y que les bastan nuestros cuentos para dormir... Nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio y sin vocación, les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción...»
Pero ese niño ya no juega hoy con la pelota, salvo que quiera soñarse un Yamine Lamal. Ese niño sólo juega con una pantallita que es su nodriza y su instructor a toda hora, su munición y su rifle en esta feria del pimpampún de adultos. Ese niño confirma una regla universal: «Los hijos no obedecen, imitan», niños que emulan a sus padres cuando estos quisieron matar al suyo. A los nueve años saben ya todo del sexo bruto porque el porno es su ventana y muy ventaneros son ellos. A los trece ya pueden declarar orientación sexual como lo hace hoy uno de cada cuatro adolescentes españoles definiéndose bisexual. A los catorce pueden acuchillar a una niña hasta la muerte (obligado ver la serie «Adolescencia», un plano secuencia brutal). Y a los quince dejan perplejos a sus profesores (lo denuncian en El País), «están contra el feminismo y hablan bien de Franco» (¡hay que joderse con el mocoso!). Los contenidos machistas, racistas o ultraliberales que ensalzan la dictadura en sus redes-pastizal les hacen cagarse en la democracia con una insolencia y altanería merecedora de un guantazo olímpico... siempre y cuando no esté mirando el Defensor del Menor, claro.