Diario de León

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Vergüenza ajena y gran pena nacional siente el español sensato viendo el tono y nivel del debate político en sedes parlamentarias, en bancadas tertuliantes, en sillonas de influencer o en el patíbulo de las redes donde cualquier gilipollas airado dicta sentencias de muerte que prologa con el insulto y lo soez para justificar mejor su derecho a lapidar. Y del «perroSánchez» se pasa al «galgo de Paiporta» o al «caniche de Gandía» a Morant y «ratonera de Valencia» a Bernabé, perritos de chiste que dan paso a los insectos: «Yolanda Cucaracha», «Marlaska Piojo Gay», «Rufián Gusano»... delatando así que ni para insultar se les ve chispita o ingenio porque lo infantiloide se adueñó de su barullo cerebral. Lo facilón y lo barato les subyuga y ahí se luce la Ayuso llamando al presidente del Gobierno «mafioso, matón y tirano» porque su «me gusta la fruta» era de un pijocursi insuperable. Qué nivel, Maribel... ¿de dónde sacas pa tanto como destacas?, ¿dónde te metes, listilla del 17?... de pocilguitas vamos... ¿y el chuliceporri del Mazón tocándose «lo que hay que tener?...

De la vieja oratoria parlamentaria o del debate con estilo ¿qué fue?... ¿en qué se inspiran hoy sus señorías?... ¿dónde pillan su injuriosa cañonería, sus muletillas infamantes, su garrota de gañán de mulas?... Ya no se pide un Gasset, que ojalá ese improbable, bendito era, pero al menos algo de compostura y la agudeza irónica de un Aitor Esteban sí debería serles escuela, gratis les sale y su elegante pizarra la tienen ante sus narices si no las estuvieran metiendo todo el día en el cubo de la mierda o matriculándose en el máster vocinglero del tiktoker bocadehacha. Así las cosas, es descorazonador ver que las ideas que deberían nutrir el debate político se ausentan para que entre la artillería grosera de la injuria y lo ordinario que busca únicamente destruir al adversario sólo con el insulto y lo infamante, no dejando así otra salida que a las réplicas de bilis y nuevas infamias. Tiempo de mediocridad e infantilismo nos mandan vivir. Y asesores o gabinetes susurran a sus señoritos lo que beben en las letrinas del mal humor y en los digitales de trinchera.

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