Diario de León

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Esta fe que no canta algo tiene en la garganta. Y de boca cerrada no salen rezos ni alabanzas ni aleluyas ni verdades. ¿Por eso mandan hablar a cornetas y tambores, a trompas y bombos?, preguntó ingenuamente el último descendiente de don Pero Grullo, al que llamaban en la facultad Pedritus Simplicísimus Grullerus, natural de Torneros de la Valdería, que suspendió hasta cuatro veces las oposiciones a bibliotecario del monasterio de la Séptima Angustia que regentan las madres norbertinas premonstratenses en Valdorria de la Intemerata. ¿Y por qué —añadió— ya no se ven disciplinantes en estas procesiones barrocas y catequéticas tan deslumbrantes con sus panes de oro, hogazas de plata, esmeraldas en coronas de vírgenes, rasos de brillo ciego, terciopelos de abadesa oronda, brocados de repostero y colorín bendito, todo ese folklore que aquí dicen identitario?... ¿y cuánto tiene de penitencia nuestra gran fiesta del disfraz nazareno que el Cielo se empeña en chafar con nubes avergonzadas llorando lagrimón que el labrantín bendice?...

Dice Pedritus Simplicísimus que todo eso es herencia plagiada al moro cuya presencia de siete siglos en España excitó a la cristiandad el copiarles y replicar viendo que su religiosidad era más practicada y severa con sus musulmanes latigándose la espalda, por ejemplo, o haciéndose cortes en la frente con alfanje para ensagrentarse enteros alabando a Alá; y de ahí nuestros viejos disciplinantes de los que sólo queda en reliquia la tradición de los cuatro «picaos» de San Vicente de la Sonsierra en la Rioja Alta. Si mucho de lo moro nos quedó en la lengua, no es menos lo que asoma en costumbres o ritos. Nuestro «racial» pendón se copió del pabellón árabe. Nuestra dulzaina es gaita mora —y hasta su primer nombre, chirimía-, como también lo son los atabales con que ensordecían las huestes moras en sus marchas guerreras y que aquí llamamos timbales. ¿Y qué decir del rosario, ese collar de cuentas ensartadas que vemos tan a menudo en las manos rezadoras del musulmán? Santo Domingo de Guzmán sólo tuvo que copiarlo y agrandar sus 33 o 99 cuentas para que fueran 50 o 150.

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