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Si hay algo cierto en el funcionamiento del sistema eléctrico y el mercado de intereses que le rodea es que resulta incomprensible para los ciudadanos, también para la mayoría de políticos y opinadores; y está además contaminado por los réditos de las más poderosas multinacionales, multimillonarias en beneficios sea cual sea el ciclo económico y capaces de estrangular toda aquella iniciativa que pretenda poner puertas a su campo. Operan en un horizonte liberado de lastres y mercados cautivos, como fueron las térmicas; y al albur de la enloquecida y voluble normativa que alimenta una inversión en proyectos de renovables de sol y viento que pulula también.

El apagón que aquí se anunciaba imposible llegó antes, con consecuencias bastante más graves, a otros países muy desarrollados. En un entorno cada vez más electrointensivo, y empujado a abandonar o relegar las fuentes fiables de generación, los incidentes estarán siempre a la vuelta de la esquina, por más seguro que sea el sistema. Que en el caso de Red Eléctrica lo es. Capítulo a parte son los ciberataques, que rondan muy cerca.

Cuando la transición ecológica arrasó el sistema energético, antes incluso del 2018 que se había anunciado para el fin del carbón, se defendió la garantía del suministro. Las renovables (a excepción de la hidráulica) están hoy, casi diez años después del giro generador, muy lejos de ser gestionables y mucho menos almacenables. En consecuencia, el sistema adolece de la necesaria capacidad de respuesta. Lo que, es cierto, hasta ahora no ha dado grandes problemas.

También pasó a segundo plano hace tiempo la debilidad de la interconexión del sistema peninsular con Francia, lo que debilita a la isla energética que es Iberia (Portugal refunfuña); y la necesaria inversión en un mallado capaz de distribuir con capilaridad efectiva las redes de recogida y distribución de electricidad.

Todo eso exige cuantiosas inversiones, que las eléctricas regatean en su interminable pulso con todos los gobiernos. Y que acabará en un mayor gasto para el consumidor. Ojalá en mayor seguridad del sistema. Sea como sea, no existe el riesgo cero. Y hay que acostumbrarse a vivir con ello.