Diario de León

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Si hubiese tenido un hilín del que tirar, habría hallado cómo darla. Quizá al descuido, con esa técnica suya de hacerse el encontradizo. A lo mejor, en una de esas huellas arrumbadas en la hemeroteca en blanco y negro, donde nadie más iría a buscarla porque no intuía que calzaba los mismos zapatos de la actualidad. Tal vez en el dobladillo de otro periódico, camuflada en un breve. Pero esta vez no la vio. Quedó su madre, Amparo, en casa, por si volvía su padre, Lolo, con una broma entre los labios tras pasar lista de memoria de todos los que bajaron al pozo para traerlos de nuevo, que en la mina no se deja a nadie atrás, como bien aprendió su hijo en el barrio de San Roque de La Robla. Salió por la puerta. Dio unos pasos con ese caminar de suelas gastadas que invitaban a seguirlo. Ya en la calle, acaso notó ese hormiguillo que le erizaba las yemas cuando la cabeza ya se había puesto a teclear el titular. Entonces, a dos minutos de la redacción, Cacha se paró cuando iba a escribir la última noticia.

Tuvieron que llegar los compañeros para redactarla y llorar el titular. Nos faltó quién la alumbrara con esa obsesión por buscar respuestas a los pequeños detalles que ahora perdemos en el trastero inabarcable de su memoria luminosa: la Cachapedia que tantas veces bromeamos escribir. Se fue la cátedra que me enseñó que la noticia nace de las preguntas que nos hacemos al pasar por delante de las cosas y las personas, que el oficio se asienta en la mirada con la que enfocamos lo cotidiano para hallar lo excepcional, que la importancia no la da el tamaño de los titulares, sino los lectores que la hacen suya cuando abren el periódico sobre la barra y se detienen. En esa página, buscaba los rastros que deja el tiempo en las cosas o posaba la vista en el suelo para advertir que había una exposición pendiente en los carteles humildes de quienes piden en la calle. Era instintivo, generoso, pintor, taurino pedagógico, rastreador de los mercados de viejo para dar sentido a la historia, agazapada debajo de esos telares que coleccionaba, esos tesoros que heredan con el ejemplo de su padre sus hijos, Cayetana e Isaac, en quien se resguarda el gesto de sus ojos. Le apasionaban los finales de los libros. Por eso mimaba las últimas líneas de las crónicas, para que su eco se quedara a vivir en el lector. Si les suena, lo escribió Cacha.

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