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Yendo a caballo entre la adolescencia bobona y la juventud lirili teníamos en el colegio un santo remedio para los momentos de palo, disgusto o bajonazo. Consistía la cosa en tomar una Biblia cerrada y, al puro azar, calar entre sus páginas una estampa (la mía era de san Pascual Bailón, simpático por sus extravagancias), seguros de su bendito tino y de que en ese texto encontraríamos un consuelo a nuestros males del día, orientación en nuestra confusión, sentencia que exculpara o fogonazo de luz dichosa y alborozo. Y no sé por qué el tedio de ayer me llevó a repetir aquel rito tan tontón como mágico. Me faltó la estampa y desistí buscarla (alguna anda presa en libro o cajita), pero di por bueno hacerlo con un abrecartas de filo peligroso, ¡ay, qué nervios!... ¡y maldita puntería!, el puñalito hizo que se abriera la Biblia (conservo la vieja escolar) por el salmo 137. ¿Quién orientó tanto azar?, porque es un terrible salmo, brutal. Y famoso, muy repetido en liturgias. Habla del penoso exilio de judíos cautivos comenzando con un «Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión, colgadas de sus sauces nuestras cítaras»... y concluye de la forma más bestial que pueda verse en todo ese gran texto sagrado: «Hija de Babilonia, que serás destruida, dichoso el que te hiciere los males que a nosotros nos hiciste. ¡Dichoso y bendito aquel que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas!»... ¡pero qué barbaridad!... ¡y qué animales esos judíos con Yahvé de su parte!... ¡¡¡estrellar niños contra las rocas!!!... y además, ser bendecido por ello... ¡ay, Yahvé, Yahvé!... Este salmo lo recita tradicionalmente el judío antes de la bendición tras la comida en los días laborales como necesitando cada día estrapallar niños a los postres. Y Netanyahu lo actualiza: «Hija de Gaza y de Hamás, que serás destruída, dichoso el que te hiciere los males que nos hiciste, dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra los escombros a bombazos» (¿cuántos miles de niños van ya?)... y con un regüeldo de honda satisfacción se va a dormir la siesta sabiendo que nuestro silencio cruel no le despertará de su sueño arrasador.