SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS
Justicia social
La doctrina social de la Iglesia es un baluarte frente a la injusticia
La llegada del Papa León XIV ha puesto el foco de atención de católicos y no católicos en la doctrina social de la Iglesia. Pudiera parecer que es algo novedoso o que de súbito apareciera en un mundo que no se ocupa de este tipo de cosas porque ya tiene bastante con un materialismo exacerbado.
La llamada a las conciencias del Santo Padre a todos los que le quieren escuchar, además de centrar el tiro en algo que es vital en la esencia del catolicismo, ha recuperado para la historia a otro Papa que, aunque conocido, se ha revalorizado. Se trata de León XIII. A él se le atribuye la primera encíclica que abordó de forma sistemática la cuestión social de forma global, sin excluir a nadie ni nada que tuviera que ver con tan determinante asunto. La Rerum Novarum, escrita en 1891 marca el inicio de otras muchas que le siguieron tratando la cuestión social. Es cierto que fue el primero en plantear de forma clara y sin titubeos la posición de la Iglesia católica frente a una situación de injusticia social tal y como él la definía. La situación de los trabajadores era lamentable, unos pocos se estaban enriqueciendo como consecuencia de los adelantos tecnológicos y de la masiva incorporación de campesinos a la industria. La lucha de clases era el germen de enfrentamientos y graves conflictos. Tuvo el valor y sentido práctico de asumir su responsabilidad y dar una nueva visión y soluciones a un conflicto que se cobró muchas víctimas. Frente al enfrentamiento de clases abogó por el reparto equitativo de la riqueza, el respeto por los derechos de los trabajadores y de la propiedad privada. El epicentro de su teoría radica en que todos somos creados a imagen de Dios y por lo tanto iguales ante Él. Las leyes deben estar basadas en el Derecho natural, y es el hombre con su esfuerzo el que debe gestionar adecuadamente los bienes y dones recibidos. No hay lugar para el rencor y la lucha, sí para el trabajo común, para sumar esfuerzos y no para luchas de poder. Los más necesitados son objeto de su especial atención. Otro grande, Juan Pablo II escribió algunas de las más bellas e importantes páginas de la doctrina social. Hombre pegado a los trabajadores y luchador contra un régimen soviético que los aplastaba, supo armonizar una fe férrea con la lucha firme por los derechos de los oprimidos allí dónde se encontraran. Sufrió la ocupación Nazi y Soviética de su patria, sabía muy bien lo que eran las dictaduras vinieran de dónde vinieran. Son dos ejemplos, como otros muchos de Papas especialmente sensibles a la causa social de la iglesia. Pero, ninguno de ellos fue el primero en abordarla. El primero hay que buscarlo en la Biblia cuando nos indica que debemos dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Jesús lo hizo de forma práctica marcándonos el camino a seguir. Los católicos tenemos muy fácil conocer cuales son nuestras obligaciones para con los más necesitados. Pero, no lo hacemos, y no lo hacemos desde el momento en que no nos posicionamos firmemente en defensa de derechos tan elementales como el derecho a un trabajo digno, estable, a la defensa de la propiedad privada o el derecho a formar una familia que se ve mermado por la falta de una estabilidad económica. Vivimos una época en la que la doctrina social de la Iglesia alcanza un protagonismo como guía para la construcción de un mundo más justo, más solidario y avanzado. Un mundo en el que la cooperación deshecha la lucha por la depredación de los bienes y capital humano.