Diario de León

cuerpo a tierra

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Resistencia

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Hace ya bastante tiempo escribimos que aquí a las gentes nos nacían leoneses o leonesistas, y que a uno le nacieron leonés. Entonces, leonesista era el leonés que sentía entusiasmo por serlo, ahora simplemente lo es todo aquel que se opone al lento exterminio de un territorio sojuzgado por una autonomía que lo ha empobrecido hasta un límite que comienza a parecer terminal. Simple resistencia: no se trata de un hiperoptimismo nacionalista, como el de ejemplos de actualidad permanente, sino de un pragmatismo defensivo. Esa depauperación ha sido metódica e intencionada: una discriminación llevada a cabo no por razones redistributivas de la riqueza, sino por malquerencia, con el propósito de beneficiar a una de las dos regiones que componen una autonomía de aluvión e impuesta, ruinosamente dirigida por una de las partes a expensas de la otra. Teruel y Jaén, por ejemplo, pueden decir que han crecido menos que Zaragoza o Sevilla, pero no que ese crecimiento se ha producido a su costa. León sí. El abandono de los intereses leoneses por parte de los gobernantes de la Unión ha sido un repudio activo: el ejercicio de un centralismo invisible que, para mejorarse a sí mismo, ha perjudicado al todo. Y, especialmente, a una de sus partes: la que estaba a la cabeza de casi todo y hoy copa los puestos de cola. Si no es de una forma metódica e intencionada, que alguna inteligencia (abstente, Óscar Puente) nos explique la magia por la que, estando en el mismo noroeste, una provincia languidece y la otra descuella.

Uno no es demasiado partidario de ese tipo de discursos de estirpe nacionalista que ponen a la libertad por bandera y a la tierra por testigo. Considero, como el escritor mejicano Jorge Ibargüengoitia, que «todo lo que contiene la palabra «libertad» da la impresión de que es un organismo antialgo». Pero, sobre todo, porque no es que crea que León pertenece a los leoneses, sino todo lo contrario: que los leoneses pertenecen a León. Y que, para que estos estén al menos en disposición de elegir vivir con dignidad en el lugar al que corresponden, regresando paulatinamente, no es necesaria libertad, sino prosperidad (manda huevos con la Azucarera); no tanto autogobierno, como equidad; no arbitrismo, sino legalidad. Cosas todas que han estado ausentes, o casi, durante estos cuarenta años de inclusión en una organización que nunca ha sido de beneficencia, sino de disfavor.

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