cuarto creciente
Entierro en la Ciudad del Dólar
«Una ciudad sucia y abandonada». Así definía esta semana a la Ponferrada que hoy llamamos Ciudad del Dólar su alcalde actual, Marco Morala. Una ciudad, decía en la Tertulia de La 8 Bierzo y Diario de León, que no recibía la atención necesaria. Una ciudad donde el polvo negro de la montaña de carbón dejaba un rastro en las aceras, en las fachadas, y se colaba en las casas por las ventanas abiertas cuando se levantaba el viento.
En esa ciudad sucia y abandonada fue niño César Gavela. El autor de El puente de hierro, la novela de la Ciudad del Dólar, era hijo de un comerciante que tenía una tienda de coloniales en lo que hoy es la plaza de Fernando Miranda y entonces se llamaba del Comandante Manso para honrar en tiempos de Franco al militar gallego que entró en la capital berciana con los soldados sublevados contra la República.
«Aquel negocio —contaba Gavela de la tienda de coloniales de su padre en una de sus columnas de prensa— fue siempre un cuento, un reino de latas de conservas, de pescado, de vinos de Jerez, de quesos de La Mancha, de espárragos de Navarra y de bacaladas de la remota Noruega». Y fue, sobre todo, «un lugar de tertulia de hombres inefables», un «inagotable festín de palabras» sobre vivos y muertos, sueños y tristezas.
En esa misma plaza, poco más que un pedregal sin asfaltar con «una gasolinera primitiva» y un solar lleno de troncos «que parecían paquidermos dormidos», un día descubrió el niño Gavela «una comitiva muy llorosa y amarga». La encabezaba un monaguillo con una cruz procesional. Y presidiendo el duelo, iba un hombre delgado, solemne, humilde, mayor; un maestro apenado. Porque aquel era el funeral de un niño. Un niño del mismo barrio que César Gavela, con el que seguramente había jugado en La Selva —así llamaban a una zona de zarzas y arbustos rodeada de una empalizada—, y un funeral que al futuro escritor se le quedó grabado en la memoria. Un entierro de ataúd blanco, «en la ciudad gris y carbón», escribía Gavela, que nunca supo quien fue aquel niño. Era el año 1960. Y era en la Ciudad del Dólar. La de verdad, no la que algunos han soñado.