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Hay un dispositivo emocional exculpatorio que se activa cuando tratamos de quitarnos culpas para buscar un culpable. Es una de las muchas debilidades de nuestra condición. Cuando se trata de problemas colectivos, además, casi siempre y casi todos apuntamos en la misma dirección. En el tema de la limpieza, por poner un ejemplo del día a día, acusamos con virulencia frecuentemente a las autoridades municipales de la suciedad de nuestras calles, plazas y jardines, sin darnos cuenta de que, en buena medida, somos nosotros los causantes, por dejadez, comodidad o irresponsabilidad. Posiblemente aún no seamos conscientes de que uno de los axiomas básicos en este sentido sea no tanto limpiar como no ensuciar. Es, simple y llanamente, un problema de educación y responsabilidad social. No siempre los de arriba tienen la culpa. O toda la culpa.

Paseo todos los días por calles de la ciudad de nuestros amores y pecados. Y veo algunos tramos llenos de colillas, que no están ahí por casualidad. No digamos si frente a ese tramo hay un bar, que suele, no siempre, hacer multiplicar la presencia hasta límites imprevistos, seguramente a la espera de que alguien —siempre impersonal, como si el asunto no fuera con nosotros— haga desaparecer el amplio cenicero callejero. La conciencia de la costumbre hace difíciles las soluciones, mientras no entendamos que nos pertenecen como ciudadanos. Como esos mares de cáscaras de pipas —además de adictivas, las semillas dicen que tienen muchas virtudes saludables—, que parecen sembrar el terreno de ese delicioso despego colectivo al chasquido característico que necesitará escoba o escobón, que canta ostentosamente por ser generalmente actividad compartida. Y muy frecuente por estos lares, supongo que también por otros, que no en vano somos contempladores de acera en procesiones, cabalgatas, desfiles y manifestaciones de todo tipo. La pipa es compañera de las aceras que contemplan.

Nada digamos de papeles, latas y otras zarandajas inesperadas que no llenan suelos, aceras, alféizares y esquinas por su propia voluntad, sí por la nuestra, que se permite no pocas licencias ya mecánicas y asumidas de este tipo. Y aunque un altísimo porcentaje de dueños/acompañantes son muy respetuosos, últimamente se observan no pocas cagadas caninas que dejan las aceras hechas un verdadero asco, multiplicado por las pisadas involuntarias de viandantes. Son los irresponsables que, girando la vista todos los grados posibles y no sintiéndose vistos, prefieren olvidar sus obligaciones. La responsabilidad ciudadana en este sentido es igualmente necesaria para una mejor convivencia. La limpieza es una garantía que no está reñida con nadie. Pero es asunto de todos. Naturalmente.