Creado:

Actualizado:

Había campanas en los pueblos que, barruntado nubes cargadas de pedrisco, se desgañitaban en un toque frenético que llamaron «tentenube» para que su timbre estridente rompiera el granizo como lo hacía con una copa de cristal la resonancia de los agudos altos de la voz de Aretha Franklin. Pero en el «tentenube» había más fe que física y el pedrisco siguió devorando cosechas como tributo milenario que exigían los cielos. Y auque no había un toque que dijera «tentefuego», también las campanas de toda ruralidad enloquecían con un toque arrebatado «a fuego» si aparecía en campos o casas un penacho de humo anunciando tragedia y moviendo a toda gente a auxilio o extinción con calderos, ramas... y rezos, mucho rezo, por si la fe se hace bombera y viene la Virgen de la Cueva con manguerazo de nube y «que llueva, que llueva». ¿Pero qué gente queda en el pueblo para oír las campanas que nadie toca?...

Agua y fuego. Elementos escultores del planeta. Sus mordiscos tallaron su trágica belleza. ¿Y qué puede hacer una campana contra su devoración?, ¿qué puede hacer nadie ante las gigantes llamas rugientes de un encinar infierno como los que arden en el sur leonés, en las cabreras urzales, en la caldera orensana, en la zamorana espesura, aquí y allá por toda España, en Grecia a muerte, en Marsella o en la Finlandia que antes no conoció el fuego cabalgando sus bosques infinitos?... arde el planeta porque antes ha venido ayudando y ardiendo un aire que nadie quería ver cambiando el clima... Pero ahora todo se vuelve caos y maldiciones y la tarea es buscar culpables mientras las llamas siguen en guerra ganada. Sin embargo, a voces no se apaga el fuego y la bronca política que ahora interesa incendia toda razón. En esa confusión gana la lumbre fiera. Hoy toca duelo. Que su silencio calme estos vientos insolentes. El pensar nos obliga y sólo juntos se encara el destino que seguirá en sus trece. Por de pronto, ¡más medios!... ¡más vigilantes!... ¡más extintores!... ¡más pueblo cerca y menos despachos lejos!... y entonces habrá un «tentefuego» cuando el hijoputa incendiario campe en su sigilo y terror o lo fortuito pida su vez.