CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Nuestro Platón Ortega

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Ortega es el summum de eso tan español —no admite réplica— que es el filósofo de café, sin método, pero capaz de abarcar lo inabarcable y teorizarlo en cuatro frases. Por eso a Ortega y Gasset lo tenemos, entre nosotros, casi más por un poeta silvestre que por un pensador, por alguien inspirado o tocado por la varita de las musas antes que por un sabio —que lo fue— con muchas horas de lectura y gabinete. En toda su obra hay de esos chispazos a los que Rimbaud denominó iluminaciones y que son hallazgos verbales más propios de literato que de filósofo. Como a Nietzsche, le perjudicó, para su consideración intelectual en el manejo de las ideas, su facilidad con el de las palabras. La posteridad que conquistaría no es la de la razón más pura, sino la que se dejaba guiar por el faro de la imaginación, la loca de la casa.

Si uno ha llegado a conocer en persona no tanto a un filósofo de café, sino de calle y barrio, siempre arrebatado por la loca de la casa, ese ha sido el Platón que nos ha acompañado a veces en las soledades de estas columnas sentadas o en los derroteros de paseos sin más objeto que echar la lengua a pacer a gusto, sin pelos en la lengua ni freno ante la vanidad de vanidades de la política de proximidad o local, que él denomina disuasoria. ¿Hace falta que explicite que ese Platón existe? Algunos me lo preguntan. Cualquier lector se habrá cruzado acaso con él por las aceras. Respetando su derecho a permanecer en el anonimato, diremos, sin traicionar su amistad, que ni por vestimentas ni extravagancias destaca, aunque hay algo distintivo en las raras ocasiones que se anima a dejarse invitar a tomar algo: siempre pide café solo y vaso de agua, que bebe antes.

Nuestro Platón Ortega, este filósofo de paseo y café, en los últimos tiempos se ha prodigado poco, porque ha estado aquejado de mal de amores. La convalecencia le ha resultado larga y, en su buscado aislamiento, dice haberse encontrado a su regreso con algunas novedades que le están haciendo cavilar. Los pocos que de verdad le conocemos sabemos que eso es un buen síntoma. Estamos deseando que vuelva a sus errabundias, a sus vuelos cortos, a sus apreciaciones rabilargas. Prometo mantenerles al tanto.