CANTO RODADO
Un roble y una guerrera
Los incendios, como la crueldad extrema en Palestina, han sacado a la luz la brecha entre gobernantes y ciudadanía

Un roble fuerte, bello y resiliente. Un roble, árbol del pueblo y del reino. Un roble para que crezca el recuerdo y florezcan conciencias. Es el roble que imagino en Espinoso de Compludo. El que plantará el pueblo y todos los pueblos del valle del Silencio en homenaje a Nacho Rumbao y a todas las personas que han perecido o se han dejado la piel en la lucha contra el averno de agosto. La ola de incendios ha abierto una herida negra en la naturaleza y en las personas que han perdido a seres queridos o se quedaron sin casa. A todas y a todos nos han tocado las llamas. Hemos respirado el humo y la angustia del fuego nos ha dejado con el corazón helado. Solo el calor de una comunidad viva y activa podrá repararlo. El roble de Espinoso de Compludo es un buen comienzo, un símbolo de esa comunidad necesaria para cuidar la casa común de todas las especies.
Las llamas devorando el noroeste peninsular, como la crueldad del exterminio en Gaza, han puesto al descubierto la enorme brecha entre las instituciones que nos gobiernan y la ciudadanía.
Se suceden acciones y movilizaciones. Un roble, 18.500 nombres de niños y niñas asesinados en Gaza desde el atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que también repudiamos, y dos mil personas con los bomberos forestales por las calles de León en el primer sábado de septiembre.
Fueron dos mil y podrían haber sido más. Vinieron muchas gentes del Bierzo y se vieron sus banderas, se oyeron sus tambores y se sintieron sus abrazos sinceros. No se puede tapar el sol con un dedo, señores de la Junta de Castilla y León. Los bomberos forestales, lo que son y no les reconocen, no estaban solos. Estaban sus familias, estaban gentes de los pueblos, desde Benavente a Boñar, desde Santa María del Páramo a Villaseca de Laciana. Dos horas de marcha bajo el sol y con el Lexit avivado por el fuego estival. Los bomberos forestales, lo que son y les niegan, sacaron sus palas en varias paradas y nos mostraron cómo trabajan a pie de llama y su dolor lleno de rabia. Nos gritaron sus pretensiones: bomberos forestales, públicos y estables.
Angelines, una berciana de 90 años, cerraba la manifestación de apoyo a los bomberos forestales agarrada del brazo de su hijo y apoyada en su bastón. Una guerrera llegada del mundo de las cenizas. Ella es roble, fortaleza y resiliencia; él, Francisco, orgullo y conciencia de los montes, de los pueblos quemados por los que lloran el Catoute y Peña Santa, el Caurel y Peña Trevinca, las brañas de Laciana y las gentes desde Zamora a Nogarejas. Angelines, igual que las piedras de los cortines han salido a la luz después de las llamas, parecía llegar desde un tiempo olvidado al que ahora nos sentimos más unidos.
Plantarán un roble para recordar de dónde venimos. Un roble que se dolerá de la encinona de Genestacio de la Vega y de los castaños centenarios perdidos en el infierno de agosto. Será su mejor defensa contra los diablos de los despachos. El lugar donde pensar otra sociedad que no se compre con chequeras de ocasión.