Diario de León

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Noventaiséis años ganó, vida entregada a vida de entrega, rendida a la muerte sin rendirse, pura hebra de bilorta retorcida para trenzar la sebe de sus linderos donde fijar libertad siendo dueña, esto es, doña de afanes, sueños y fatigas. Doña, pero humidad era... y era Humildad, de Barrillos de Curueño, anónima para el mundo y blasón su nombre entre los suyos y la vecindad. Recuerda su hijo José Antonio mis charletas con ella —y no por muchos años atrás se diluyeron en mi recuerdo— con su huerta al fondo, sus flores, su corral, su zaguán, su perro, sus trajines de no parar... y César allí, su hombre, viendo que el brío de la casa llevaba mandil y que «la leonesa, cuando pesa, es que pesa de verdad». Y es que en ella veia yo a las tantísimas mujeres de esta tierra y de esa generación a las que tocó pujar por el carro —guerra, hambres y banderías por medio— uncidas a él como bueyes de arrastre, doblando el lomo sobre el surco, apuntalando casa y familia... y todo, por abrir horizontes nuevos a sus hijos y librarles de la condena que a ellas les cayó, viniéndome aquí a cuento recordar a don Julio Caro Baroja —el más hondo y profuso de los etnógrafos de esta España tan cromática— cuando me aseguraba la certeza —cosechada en sus trabajos de campo en esta provincia— del poder real de la mujer leonesa (valdornesa, bañezana o cabreiresa) en su vida y hacienda, aspectos que le hacían superar incluso al ensalzado matriarcado vasco tan estudiado por él... y eso, humildemente, sin alardes, manteniendo la dote del padre como señal de su albedrío o independencia, lo que no deja de ser un poderoso feminismo a la chita callando. Y de la misma forma que se define al «leonés: paisano con boina detrás de una sebe», me atreví a formular la mía, «leonesa: paisana con mandil y faltriquera detrás de... todo». Nada se le escapa de la mirada o a la intención. Todo le pide brazo. Y no hay tarea que concluya sin encadenarse con otra. Amanece la primera en la casa y no hay dormir hasta que estén todos acostados y la faena resuelta. Y todo ello, a peón, como las perdices detrás del grano escondido. Vaya por ti, Humildad, quedando viva en nuestra memoria.

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