Diario de León

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Septiembre siempre despierta al toque de campanas; a veces, a muerto; a veces, a gloria, la pena se enjuga a golpe de tañido. Septiembre devuelve al corte de pelo la línea que remarca diferencias entre profetizar y predecir, con el coste que eso tiene para los charlatanes que siempre esperan a taparse de hoja con disculpas sobre las causas por las que no ocurrió lo que anunciaron. No se le puede exigir más. Qué pedís, refunfuña, entre las sombras largas que remontan los grajos, si bastante hice con libraros del verano, masculla al fondo de lagares y desvanes donde toma cuerpo el aroma de las peras arenosas y racimos de uva a punto de estallar. Septiembre es ciclotímico desde que el emperador despojó al octavo mes de su nombre de pila para inmortalizar el suyo en agosto; por alguna cosa no eligió Septiembre, fuera de sitio, inadaptado, con favores a quien no lo merece y putadas a la carta más alta. Son apoteósicos los augurios que permite este mes cuando deja que la nieve preceda a la lluvia. Los chamanes se pondrían las botas en los púlpitos con este fenómeno del calendario que ya es juez cuando casi no le dejaban ni ser parte, y su repertorio de libre albedrío que impide dos septiembres calcados, igual que la naturaleza aborta dos citas similares con el mismo río. Hay otro algoritmo de septiembre que el leonés avista como preludio fantástico; lo marcan las avispas, con superpoblaciones en esquinas rotas y colonias improvisadas en los botes perdidos que dejó la última riada sobre los balsares. La nieve que aventaja a la lluvia extiende el visado a las cumbres blancas de octubre y las siete lunas de la profecía. Septiembre se pone rabudo para joder a las pitonisas, con ese regañón que te hace creer que está a punto de eclosionar una primavera recia, la más seca y calurosa desde que hay registros, según el guion de Tele Piter, mientras se arrugan las tardes y las mañanas perezosas entretienen al Sol más allá del meridiano de maitines. Así, los agentes comerciales del cambio climático no venden una enciclopedia. San Miguel no sabe aún con qué leña atizará la lumbre con la que salvará los muebles de la próxima edición de su célebre veranillo.

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