Diario de León

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El sonido asemejaba una diligencia al cabo de reventar las postas al galope. «Tranquilo. Va al doble de velocidad que el de la madre», explicó la doctora, mientras ajustaba aquella brida con un aparato redondo como el micrófono de una emisora. Llevaba nueve meses asomado a ese ombligo, donde arrojaba por las noches párrafos de El Principito para ver si me devolvían un eco y, de pronto, ahí retumbaba el mensaje de vuelta. Lo escucho aún hoy, cuando ese latido fetal que ha marcado el pulso desde entonces me arrastra lejos de aquella mañana. Todo va tan rápido… Aquel sonido, como un tambor de la lavadora al que se le hubiera aflojado un tornillo, me arrojó, una madrugada después, un hatillo en los brazos por el que asomaba la carina de una criatura a la que parecía que hubieran bajado de un ring: enrojecida, el ojo izquierdo hinchado, con una ostia del fórceps que le atravesaba desde la ceja hasta el labio y un penacho de pelo solitario en mitad de la cabeza como un punki de los ochenta. Lo acarié y me agarraró el dedo como si fuese a precipitarse al vacío. Era feín, pero pensé que nunca había visto nada tan hermoso. No sabía aún cuánto llegaría a serlo.

He podido disfrutarlo. Desde aquellas primeras noches en las que, asustado por si no seguía bien, me abismaba a la cuna y acercaba el termómetro del índice bajo su nariz para sentir el vaho cálido de su respiración hasta estas madrugadas en las que, dormido en el sofá, es él quien me despierta con un beso cuando llega de fiesta para que me vaya a la cama: a este relevo generacional lo único que no le envidio es la resaca. El espectáculo del tránsito regala postales en las que aún le veo asaltar la cama a primera hora para arrebujarse a nuestro lado; sujetarse las gafas de 3D que se le escurrían por el porretín en el primer cine; leer a Tintín y Asterix antes de dormir; disfrutar de la camaradería del fútbol; ensordecer la casa con la música esa de los que no pronuncian la erre al final de las palabras y, a veces, con Loquillo y Los Suaves; llenarlo todo con su esa personalidad que ilumina la vida de quien tiene alrededor. No sólo me ha hecho mejor. Me mejora en todo porque no necesita mis defectos para superarlos, ni tiene miedo a equivocarse mejor. Se ha convertido en la persona que soñé ser: un paisano con códigos, guardián de su hermano, leal a las servidumbres familiares, disfrutón, calavera, a quien nunca podrán acusar de que desamparó a un amigo. Le veo irse abrazado a ellos y sigo por el retrovisor el dibujo del aspa en la espalda de su camiseta blanca. Cruza sin mirar. No se gira. Sigue adelante: valiente, seguro, decidido. Con toda la vida por estrenar porque a esta edad todos los días son nuevos. No recuerdo cuándo dejó de darme la mano. Le pierdo de vista, Fonseca abajo. Desde aquí vas ya tú; pero nunca solo, susurro. Felicidades, Martín, hijo. Dieciocho.

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