CANTO RODADO
El espíritu de la tierra
El espíritu de la tierra nos une. Porque, también lo dijo Miguel Torga, lo local es lo universal sin paredes

Fresno de la Vega, en la feria del Pimiento Morrón.
El espíritu de la tierra anda de fiesta y cosecha. Se acerca San Froilán y la ciudad se vuelve pueblo. Lo que siempre fue. Se sienten los carros llegar y el colorido de la vestimenta reluce sobre el cielo nublado, como los frutos del final del verano alegran el principio del otoño.
«El espíritu de la tierra, yo defiendo», dice un verso de Miguel Torga, nuestro paisano de Tras Os Montes. Mientras me asalta esta frase tantas veces recitada, mis recuerdos se trasladan a Alcobaça, una ciudad portuguesa, a caballo entre Nazaré y Lisboa, donde se cultiva la tierra con las artes, que introdujeron los monjes del císter del grandioso monasterio de San Bernardo, acopladas a la última tecnología agraria. Son las manzanas y las peras las reinas de su huerta.
El espíritu de la tierra se respira hasta en un concierto de Mariza en la plaza que se abre sobre la gran fachada conventual. Allí, tan lejos y tan cerca, saben situar León en la historia y en el mapa. El monasterio se fundó en 1153, diez años después de que Portugal se independizara del reino de Leäo, bajo el patrocinio del rey Afonso Henriques.
«El espíritu de la tierra, yo defiendo. En una ciega constancia, de enamorado», escribió el poeta. En este tiempo de cosecha, relucen los pimientos morrones, los rubíes del Esla, en las cuarenta ediciones que cumple su feria alrededor de la festividad de San Miguel Arcángel, titular de su iglesia.
Hay distancia y muchas diferencias con esa Alcobaça que descubrimos en verano. Pero hay algo común muy valioso entre estos dos lugares de nuestra Iberia. Los siglos de tradición y conocimiento que han seleccionado las mejores semillas y unas formas de cultivo de las que habría mucho que aprender.
En un tiempo de despropósitos descomunales y dolor universal, el espíritu de la tierra nos une. Une a los vecinos que sacan sus joyas de la huerta a la plaza, brillantes bajo el pespunte luminoso de las bombillas, une a las personas que ‘recibieron calabazas’ en la fiesta de la cosecha en el huerto de Gordoncillo y bailaron bajo el cielo azul, mecidos por el viento y la música deliciosa de Nacho Mastretta y Marina Sorín.
En la peor de las tragedias que algunos se niegan a nombrar como genocidio, el espíritu de la tierra se une al sentido de humanidad con la Global Summud Flotilla que partió de Barcelona y de otros puertos mediterráneos el 30 de septiembre. El espíritu de la tierra, que es la madre por antonomasia, la que nos da la vida y nos cuida, nos une leyendo los nombres de los niños y las niñas asesinados en Palestina. También lo dijo Miguel Torga, «lo universal es lo local sin paredes».
El espíritu de la tierra ha despertado a personas, que suman conciencia colectiva y esfuerzo común para que la era posincendios no se convierta en el timo de la estampita de la chequera de Mañueco y su séquito preelectoral.
El espíritu de la tierra, que yo también defiendo, es ese cartero rural que lleva las cartas por el mapa del olvido.