Diario de León

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Los tránsitos desde situaciones de dificultades sociales, políticas y económicas a otras de cierto florecimiento son siempre motivos excelentes si se aceptan con la normalidad de creer que nada es definitivo. La humildad es siempre una actitud de prudencia para no creerse los más altos y más guapos. Y esa creencia se apoderó de nosotros durante un tiempo después de ese tránsito, apoyado sobre todo en las ayudas europeas, y generó cierto complejo de superioridad, mal camuflado generalmente y mal digerido en no pocas ocasiones. Viajeros como consecuencia del progreso, por ejemplo, lamentábamos desde nuestro podio brillante las condiciones tercermundistas —expresión que adquirió cierto predicamento y notoriedad— de algunos países, culturas, situaciones… que se pregonaban sin rubor: largas colas en tal ciudad, dificultades de transporte en otro país, etc.

¿Tercermunqué?, me pregunto a veces, tantas cuantas nos creemos que somos los únicos que vivimos en el primer mundo, en el caso de que sea así realmente. Hay quien afirma, con no poca razón, que las democracias liberales del sur de Europa —la vieja Europa, desdibujada— se quedaron atascadas en su cosmovisión. Y es que, desde análisis no apasionados, situaciones que en otros calificamos como tercermundistas parecen normales aquí.

Día 7 del pasado mes de julio. Una oficina de Correos de la capital. Larguísima cola. Certificar una carta me costó media mañana. Que si había caído el sistema (informático), que si, que si… No es, ni mucho menos, la primera vez que aguanto (aguantamos) en esta oficina, bueno, en plena calle largas esperas, en fila india, soportando fríos, calores y cualquier inclemencia que se tercie. Ese mismo día por la tarde, espera de más de una hora la llegada del Ave de Madrid. Tan de moda los retrasos. Mientras uno ya no sabe cómo aposentar el culo, si tiene la suerte de encontrar asiento, el ministro del ramo estaba más ocupado en repartir estopa entre quienes no aceptaban alguna sumisión de su partido que de solucionar los problemas por los que cobra el sueldo. El Parlamento —ese esperpento de vergüenza ajena, nada ejemplar— anda liado con el tema de presuntos sustanciosos chorizos. Los otros se escandalizan ahora con sonoros aspavientos, ellos que saben y saben tanto del asunto. Le zumba el higo.

Bueno, y es que el espejo donde creamos que se pueden mirar otros no parece actitud convincente. La realidad amortigua las ínfulas.

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