Hombre montaña
Yo tenía una gran simpatía por la gente de izquierdas. De muchacho había frecuentado en Madrid la Casa del Pueblo, había oído hablar a Besteiro y a otros destacados socialistas... Por la muerte de un hermano hube de abandonar Madrid y regresar a Lillo donde me dediqué a la ganadería... Constituímos en el pueblo el Partido Radical Socialista, del que fui presidente, así como de la junta vecinal y de la sociedad ganadera.
Comenzaba así «Gorete», Gregorio García Díaz, el relato de una heroica peripecia que parecería pura ficción novelera de no ser cruda historia: once años escondido en tres cuevas de la montaña de su pueblo, Puebla de Lillo, huído de una España en euforia vencedora y falangista para salvar el pellejo inocente que se lo cobrarían con paredón o cuneta, superando una torturante soledad ermitaña de las que vuelve loco a cualquiera y unos inviernos de nieve tumbada a 1.800 metros de altitud que pueden enterrar congelada toda gana de vivir.
Nos vino «Gorete» a la charla el otro día (¡35 años ha que murió!) porque la Guerra sigue palpitando en revisiones y oportunistas necesidades. Lo suyo fue una aventura y testimonio de puro «robinsón» encastillado en ideales sin rendir su inocencia. La calamidad fue su peaje. Vencerla, su victoria. Y su novela total, aún por escribir y aún más de recordar por aprender... como recuerdo la barata mano que le eché para que el Archivo de Salamanca certificara cobrar lo suyo... y las charlas en su Puente Castro o aquella otra en Cistierna para enseñarles a Antonio Resines y Santiago Ramos que iban a rodar la «Luna de lobos» de Llamazares el cómo se movía en su montaña de lobo en fuga; y con él, su machete y sus prismáticos, la seña de su andanza rehusando formar parte del «maquis» porque esa no era su guerra ni su guerrilla... o citando la paradoja de ser un destacado falangista de Lillo, comandante mutilado, quien avaló garantías en su entrega, su breve cárcel y su recuperar la vida trabajando y trabajando; y ahí Lices, su afable y siempre vivaz mujer, con sus hijos Goretín, Pepín, Rolando y Eleonora... ¡cómo no recordar a «Gorete», si fue un monumento a la integridad!...