AL TRASLUZ

Eduardo Aguirre

Vuestro entrañable gigante

Creado:

Actualizado:

Javier Arias siempre ha sido muy buen mozo, pero ahora a sus 55 años aún lo es. Su tamaño no necesita un esqueleto, sino dos. Come la misma cecina que nosotros, pero a él le cunde más. Veamos: 1,98 de altura y 123 kilos de músculo. A su edad, vuelve a jugar al balonmano… y en la 2ª división nacional. Han leído bien. Algunos a los 55 ya solo jugábamos al yoyó, y sin apostar. Él lo hará de pivote con el Embutidos Ezequiel Cuatro Valles, donde la media de edad de los jugadores es de 18 años. Ya entrena con el equipo que lidera Jorge Castellanos. Nunca se había desvinculado de este deporte, pero ahora el reto es mayor. Y nada de salir minutines y para el banquillo, a que al bisa se le quite el susto. De entrenar a los «desterrados hijos de Eva» a jugar con ellos. Es uno de los mejores crooners europeos, toca la trompeta con conmovedora emoción; goza de prestigio como profesional de la contabilidad y otras hierbas de la gestión, incluida la docencia… y, sí, también es un gran deportista. «¡Qué fuerte, tío!» habrán exclamado sus jóvenes compañeros; sí, lo está por fuera y por dentro, aunque siempre con nobleza. Dicho esto, si soy jugador de balonmano y me veo corriendo hacia mí a un rival de 1,98 de altura y 123 kilos de peso… le pregunto directamente dónde se federa uno de petanca. De entrenar a sus chavales, a jugar con ellos. Siempre artista y auténtico, convirtiendo en ritmo todo lo que toca. Siempre haciéndonos sentir fuertes a los demás.

La voz y la música, el debe y el haber, un gran tanto y un rebote imposible… ganar y perder, perder y ganar… Arias es ahora como fue siempre, también como será a los cien. Por cierto, este diciembre, programado por el Ayuntamiento de León, volveremos a disfrutar de su concierto navideño, con excelentes músicos que además son amigos; pues también la amistad es uno de sus fuertes.

Jóvenes jugadores del Ezequiel, nunca os rindáis: el amor, la música, la amistad, la esperanza, el perdón tampoco lo hacen. Quizá, cuando tengáis 55, una sonrilágrima os iluminará el rostro al escuchar una vieja canción de Sinatra, de Elvis o de Dean Martin. Y comprenderéis algo acerca de la fuerza del corazón, la que más importa…. esa que tiene vuestro entrañable gigante.