Diario de León

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Me gusta escribir a mano antes de... y después de. Y a lápiz, mejor que a tinta, ya sea boli, pluma o rotulador. La escritura de grafito en lapicero es indeleble y pasan por ella los siglos sin perder color ni trazo porque su negrura de carbón es milenaria. Me manda Igor Escudero la foto de un dibujo de Sorolla; es un muchacho sentado, apenas trazos de esbozo y un sombreado perfecto y urgido, magistral como todo lo que salía de su mano, pero la dedicatoria y la firma, hechas a tinta, el tiempo les ha ido mordiendo su intensidad pasando a un sepia diluido y casi ilegible. A lápiz, pues. Escribo a lápiz porque además admite la enmienda a su totalidad si la goma de borrar quiere emitir ahí su juicio, tanto la goma mía como la de quien lo lea (y perdón por tocar las pelotas a quien solemnizó que «lo escrito, escrito queda»... o no, so listo).

Escribir caligrafiando es, además, dejar dibujada la personalidad («dad de comer al grafólogo»), es ir a pecho o pluma descubierta sin engañar. Quizá es por ello que las nuevas generaciones ya no escriben a mano y todo lo resuelven en una pantallita donde impera la mentira y el aparentar. Hasta que la caligrafía y la música no sean obligatorias en la escuela, el desasnar será imposible y de ella saldrán más garabateadores y vociferantes que educados en el concordarse. Y si ya decía Baudelaire que «La escritura es la pintura de la voz», eso explica hoy la multitud de pintamonas, enguarratapias y palabreros de pura pedrada. En estas, recibir una carta manuscrita es ya un lujo improbable, un arte viejo metido en su pertinente sobre, pero ya dice Lola Pons que en España los sobres no son otra cosa que símbolos de corrupción, pues si decimos «ahí hubo sobres», ya sabemos que la cosa va de mordida, soborno, sueldo «b»... o es sobre-antifaz de atraco si es banco o corporación el remitente. Así que para hoy sugiero tarea: escribe una carta. Escribir es la única forma de decir algo sin que te interrumpan. Y como eso obliga a pensar antes lo que quieras soltar, te evitarás las tonterías o la impulsividad en la que tantas veces cabalgamos para querer ganarle al otro la carrerita.

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