Osito de mi vida
Si hay un peluche que podría considerarse emblemático, sería sin duda el de un osito. Los hay de todo pelaje, hechura y hasta de talla enorme que hace pensar al crío estar durmiendo con la gorda de su tía. Y entre las alfombras fastuosas pocas superarán la de un oso con cabeza y fauces abiertas en medio del salón y frente a una chimenea donde crepitan troncos de abeto rojo, osazo temible, emblema de fiereza domeñada, peludo felpudo para un revolcón amoroso. Todo un mito el oso, y más si alguno sale republicano y matarreyes, como el de Favila. El último que se mató legalmente en León antes de prohibirse su caza en 1973 se lo pusieron a tiro a Franco en Casasuertes, pero no por ello dejó de matarse o trampearse porque en esta montaña lo mítico fue de antiguo (y aún de hoy) el poder matar un oso... y si fue a cuerpo limpio y a machete, la fama le sube a uno a glorias o patrañas cabalgando en coplas algún siglo. Y viene esto al caso con la noticia tremenda que llega de Japón, donde desde abril, han muerto 13 personas por ataques de osos, muy activos ahora para llenar la andorga y afrontar la hibernación. Osito de mi vida, osito de su muerte. Lo inédito es que el 70% de los ataques a personas se producen en zonas urbanas cada vez más frecuentadas. Allí sobran osos y ahora el ejército los apiola a mansalva para tranquilizar a la población. En la isla de Hokkaido hay 12.000 osos pardos y en la de Honshu, en los útimos quince años, se triplicaron los osos negros hasta ser 44.000. En España se considera un éxito haber alcanzado los 370 pardos en la cordillera Cantábrica y unos 100 en Pirineos y, aunque su presencia en poblados ya se hace familiar, no consta aún agresión alguna a humanos (pánico les damos, aunque dales tiempo, en el monte su comer lo tienen crudo y acabarán liándola por un yogur pocho en un contenedor). Y en estas he de recordar el primer oso fiero que vi en mi vida. Fue en Boñar. Presidía el salón de plenos de su ayuntamiento, enhiesto y rampante, disecado y de pelambre ya sarnosa. Muchos años estuvo allí. ¿Eran quizá sus zarpas y uñas largas lo que inspiraba a sus concejales?...