Cuerpo a tierra
De Cultura a la Unesco
León Bloy hablaba con nostalgia de una época, ya en su tiempo desvanecida por los sumideros del tiempo, en que «entonces, no todos lo sabían todo». Lo hacía en la segunda década del siglo pasado, y en una centuria larga ha llovido mucho. Pero no ha cambiado demasiado ese panorama en el que falta una autopercepción cabal de la propia valía y aptitudes, de cierto sentido del ridículo, al menos, en lo que a política se refiere. En nuestro país, hasta hace no demasiado, esa vergüenza ajena ha mantenido el sistema dentro de unos márgenes aceptables de competencia, con cargos que al menos eran del ramo a cuyo frente se ponían, con las consabidas excepciones que se pueden ejemplificar en Esperanza Aguirre como ministra de Cultura. Y a Cultura queríamos llegar, porque si, en repicada polémica, el director del Cervantes García Montero criticó que el presidente de la Academia de la Lengua no fuera filólogo, a uno le extrañó bastante que nadie le replicara que su jefe, el ministro Urtasun, de quien es cargo de confianza, no es precisamente nada que esté demasiado relacionado con la cultura, sino economista y diplomático.
Los gobiernos socialistas de coalición de estos últimos años no solo han sido coherentes con esa extendida tradición de despreciar a la cultura poniendo al mando de ella a gentes que proceden de otras actividades (Rodríguez Uribes era filósofo del Derecho e Iceta carecía de estudios superiores), sino que además están en un tris de convertir el ministerio es un trampolín o escala de paso hacia una más «alta» responsabilidad, la de embajador delegado permanente de España en la Unesco. Tanto Uribes como Iceta lo han sido y Urtasun, el único con experiencia previa, ya estará acariciando ese destino, que, por cierto, supone unos ingresos brutos que doblan a los de ministro. Que nadie se escandalice: 220.000 eurazos frente a los 107.000 eurines de la cartera con sede en la Plaza del Rey madrileña. Retribuciones complementarias de Transformación y Resiliencia a la dura vida de París, algo así, qué se yo. Lo extraño es que nadie se escandalice ante el hecho –las casualidades no existen– de ese trasvase desde la cabeza del ministerio de Cultura a la Unesco que está haciéndose corriente. Más que nada porque el de embajador de España es el más alto grado de la carrera diplomática española.