CORNADA DE LOBO
En maderueñas
Salió una paisanada a la calle en esta ciudad calzando madreñas para dar honra y nostalgia al popular calzado que fue norma hasta antier en todos estos pueblos llenos de barro y boñica en cada calle y con cuadra en toda casa. Entonces, alineadas las madreñas por docenas en el atrio de la iglesa en la misa del domingo, eran todo un poema moro como lo hacen las babuchas a la puerta de la mezquita. Ya nunca se ven ahí. Ni aquí ni acullá. La paradoja es que las usen en modo fiesta los de la ciudad alegando lo identitario con folklorismos cuando ya no las calza nadie ni en los pueblos.
Madreñas. Viene de muy lejos el nombre. Los romanos llamaron «materia» a la madera quizá por tener mucho de máter, de madre, materia que nos cobijó haciéndose cabaña como útero que guarece, madera madre en todo modo y vivir desde la cuna a la viga, del camastro al carro, de la tarima a la mesa y taburete... o a ese escaño en la cocina donde se aceporra el sueño tras el regüeldo que rubrica el pote. «Materenia» dice el latín a lo hecho «de madera» y rodando el vocablo se hizo materuenia, matruenia, maderueña y madreña, aunque el caso es que en mi casa siempre se la llamó «almadreña», con ese artículo «al» que dejó tatuado en todo el Torío su honda huella mozárabe de almuzaras, algetes o albarcas. Y de aliso o abedul, su madera preferida, castaño en Asturias, lisas o con dibujos de gubia, barnizadas o a pelo de lija, con sus tres patas que son tarucos o tariles que rápido devora el uso y el grijo si no se refuerzan con llanta de goma claveteada. Pero el inconveniente de la madreña es que suele bailar holgada si no se elige bien el tamaño, aun calzada con zapatillas, las que no tenía Cándido al subir de rapaz con las ovejas desde Extremadura teniendo que mullirla con hierba fresca, aunque eso sí, no tuvo mejor calefactor para sus pies en noche arriciada de chozo que hacer bailar un rato en sus «galochas» unos tizones... con ello y un golletazo de coñac se quedaba tablón arrebujado en el camastro y a Paulino le costaba despertarle. Ahora bien, decir que las madreñas son «leonesas» ye pasase un ratu llargu, fíu... esi zapatu madere vién de bien lejus, rapaz.