Diario de León

CANTO RODADO

La pasajera invisible

Tantos remilgos para censurar obras de arte de desnudos y resulta que dejan circular libremente a violadores

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Subí estrepitosamente la media de edad del vehículo al sentarme junto a tres jóvenes universitarios, de no más de veinte años, con los que compartí un viaje reciente como si fuera una pasajera invisible. 

Pillé la conversación empezada. Hablaban de una noche de fiesta y de que alguno de sus amigos presumía de que «había follado a una menor». «Era mentira, claro», apostilló uno riéndose.

Era mentira, pero la broma era verdad. La banalización de la violación está en los chat y en las conversaciones reales. La frase no dejó de darme vueltas a la cabeza durante todo el viaje.

Hablaban de violar a una menor como quien supera un reto, una prueba de hombría entre sus amigotes. Por presumir. Porque la educación sexual que reciben los adolescentes la dicta el mercado de la pornografía en lugar de una sociedad responsable.

La violencia sexual es una de las múltiples variantes de las violencias machistas, que las mujeres vivimos en todas las esferas de la vida. Lamentablemente, empezando por la familia, el trabajo y el ocio. Históricamente ha sido una de las más silenciadas.

El grito de las mujeres contra la violencia sexual a través de los medios digitales está en la génesis de la cuarta ola feminista, después de haber conquistado los derechos civiles en la primera, la denuncia de la violencia de género y la libertad sexual en la segunda y la diversidad de voces y unión a otras luchas —interseccionalidad— en la tercera.

Tras el Me Too, que ha tenido en España la versión del Cuéntalo de Cristina Fallarás, la reacción no se hizo esperar como ha ocurrido en todas las conquistas del feminismo. Los propietarios de las grandes redes sociales han permitido que en la aldea digital aniden los violadores y proxenetas.

En Castro Urdiales, aquí al lado, se acaba de desmantelar un grupo de Whatsapp en el que más de 90 hombres compartían fotos de sus parejas o exparejas desnudas. Como si fueran mercancía. Estas redes que parecían tan puritanas se han convertido en uno de los espacios de violencia y de cosificación que da asco.

Tantos remilgos para censurar obras de arte de desnudos y resulta que dejan circular libremente los expositores del machismo más descerebrado.

Como decía en Zamora este jueves la ministra de Igualdad, Ana Redondo, «hemos generado una sociedad compleja sin ningún debate previo» y las mujeres estamos pagando un precio muy alto. Tenemos todos los derechos, pero nos siguen despojando de la dignidad en foros, chat y en las conversaciones de bar o de un autocar.

La banalización de la violación llega a tal punto que nada les impide reírse de violar a una menor delante de otra mujer. Con la misma naturalidad que hablaban del precio de la ropa o de la cuerda de saltar a la comba en el gimnasio.

Yo era la pasajera invisible, pero no me iba a quedar muda. Y se lo dije: «Follar a una menor es violar y lo sabéis. Tenéis que ayudar a parar esto».

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