Diario de León

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Uno recuerda con nostalgia, por qué negarlo, la celebración de la Santa Bárbara minera en la cornisa del Alto Bernesga y los estampidos tempranos y anunciadores de los barrenos. Todo ello empieza a ser puro recuerdo y desmemoria, a raíz de la entrada de la fase de liquidación en 2016 de la Hullera Vasco Leonesa, que tres años antes había dejado como triste testimonio uno de los accidentes más dolorosos de su historia, aún, después de años, en vergonzosa espera de sentencia recién conocida. En una especie de limbo olvidadizo siguió el Pozo Ibarra y su entorno, sobre el que se escribieron no pocos cuentos de la lechera (esperemos que la última noticia no se sume a la ficción). Ni esto siquiera sobre las instalaciones mineras de Santa Lucía, liquidadas vergonzosamente —y las que quedan, sin definir-, con su hueco de futuro asegurado, ante la indiferencia más calamitosas de la vecindad y la deriva, el silencio o la complicidad de la autoridad (in)competente, que, después de tantos años y colores, sigue conduciendo al municipio a una deriva de consecuencias imprevistas poco o nada halagüeñas. Tengo la sensación de que el olvido de lo minero se ha apoderado de la zona. Como, según idea del profesor asturiano Benigno Delmiro, la literatura es el único pozo que no se cierra en las cuencas, la literatura se convierte en memoria. Si en Ciñera, ese pueblo tan cercano a mis afectos personales, es donde la conciencia de la fuerza del pasado tiene más raigambre —así se publicita, ve y siente-, no poca llega desde la literatura, con tres nombres imprescindibles, dos de los cuales son mineros jubilados. El único que no lo es, aunque sí de tradición familiar y vivencias directas en el pueblo hasta los trece años, Manuel Ferrero nos recuerda en no pocas ocasiones en sus espectáculos esa tradición, también llevada al escenario con una obra teatral que escribió y que llenó de emoción en cada una de sus representaciones. De Ciñera, y minero con un cuarto de siglo de ejercicio, es Armando Gutiérrez, que convirtió Negro en una intensa e interesante performance. Añade la permanente presencia ante todo lo minero y su recreación literaria, de manera especial a través del relato, de las experiencias propias y ajenas que la mina ha ido depositando en su vida. Como Juan Carlos Lorenzana en sus Relatos mineros, cuyo título me lleva al del médico de la H.V.L. y de Santa Lucía, Luis Fernández-Arias Argüello, Episodios mineros, de atinado realismo, sobrecogedor a veces y dolorido. Lorenzana, por su parte, quiere mostrar a través de sus relatos cómo fue la vida en la mina y en las cuencas mineras. Aunque tímida, se mantiene la llama. Para fortalecerla, de cara especialmente a Santa Bárbara, este jueves, no es mal asunto acercarse a las propuestas de los citados. Y a medio plazo, posiblemente, organizarlo y ampliarlo a una semana de la minería. Conviene no olvidar de dónde venimos.

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