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De nuevo, otro año, el turrón de chocolate me persigue y él corre más, porque uno ya tes glorioso jubilado. Mejor, pues, rendirse al perseguidor, a mi edad las caídas son ya muy malas. En este canto de sirena, soy fácil de pillar. Tampoco soy un Enrique VIII del cacao. En cambio, una ostra o una cigala ya pueden tentarme que no caeré. Por supuesto, lo mejor es caer en compañía. Para Marta y para mí, una onza al día es nuestra proclamación vital. El gran cervantista José Manuel Lucía me contaba, aquí en nuestro León, que durante 20 años un colega le estuvo remitiendo cada Navidad una tableta de chocolate. En mi casa, es Marta quien parte y reparte, pero sin llevarse la mejor parte. Un poco al día y ni uno más, ya se lo puedo suplicar con un ukelele. Le dije ayer: «A tu lado, Kiko Rivera tendría cinturita de avispa». Eso sí, hoy, iré a cervantear por Oviedo y a mi regreso lo primero que me preguntará nada más verme entrar por la puerta no será si me hicieron la ola o si me arrojaron pepinos, o si fue don Quijote a la presentación, sino: «¿¡Te acordaste de comprar bombones en Peñalba!?». Ante olvidaría en qué planeta vivo. Sabe que en Turín es célebre por su chocolate, entre otras excelencias, y me dice a menudo: «A ver si tu amigo turinés —el gran Aldo Ruffinatto— organiza un congresín en su tierra y les presentas una ponencia». Si se me ocurriese volver sin bombones locales, ese día duermo en el sofá… pero en el de Cervantes.

Aquí es donde mi lectora centenaria salta: «Buena la ha hecho contándolo, Aguirre, ahora no habrá cervantista que no le regalé una tableta». Ya, sí, supongo que en Turulustán lo han de hacer muy rico. Pero uno, sin hacer de menos, lo que quiere es que me regalen primeras ediciones del Quijote de 1605. Total, a ellos qué más les da.

Y ya ha escrito la carta a los reyes; de nuevo, me he decantado por especificar lo que no quiero. El chocolate espeso y las cuentas claras: si necesitase memorias —ya me entienden— como lentejas, contienen mucho hierro. Pero lo admito, el turrón de chocolate sabe mucho mejor en Nochebuena. Por algo será, ¿no? Puedo, pues, esperar. Aunque si este año él corre más me dejaré pillar. En efecto, a mi edad las caídas son ya muy malas.