La buena pasta
Al leer el titular usted habrá pensado: “Aguirre escribe hoy sobre el gordo en Villamanín”. Puede que lo haga o puede que no… pues buena pasta la hay de muchas clases. Mi titular podría referirse a la rica lasaña, o a la mejor repostería para acompañar el café de la tarde, incluso, ¿por qué no?, a la industria dentrífica. En fin, también hay quienes te espetan “la pasta o la vida”. En efecto, el término tiene muchas acepciones. Pues si nunca debemos deducir el contenido de una columna solo por su titular… menos aún cabe dar por sentado nada referente al comportamiento de la condición humana en los conflictos que la atañen. Después de casi 40 años opinando en esta columna, coincido con Sócrates en que solo sé que no se nada… y esto incluye la solución a “las no participaciones” del gordo de Villamanín. Me gustan los finales clásicos, ya saben: “fueron felices y comieron perdices”; y esto solía conllevar que alguien cedía, perdonaba o rectificaba. El final más feliz para Villamanín es un todos felices; ahora bien, ¿cómo conseguirlo? En un cuento, el cura y el barbero hubiesen podido solucionarlo; en una película de Capra, también; incluso en un anuncio de lotería… en la vida real es más complicado, pero no imposible.
El dinero no mueve el mundo, solo lo zarandea; no sobrevaloremos su poder sobre nosotros, aunque mucho pueda facilitarnos…y también quitarnos. No somos solo nuestra cuenta bancaria. Ojalá en Villamanín puedan celebrar pronto que no fueron vencidos por él. Y sé que es más fácil escribirlo que hacerlo. No hay malos en esta historia, sino situaciones personales. Todos se conocen, tienen nombre y apellidos. Próximos y prójimos. Pasean abajo un mismo cielo. Sienten el mismo frío, son acariciados por el mismo sol. Emociones que hermanan y que deben contribuir al deseable final feliz para todos. En efecto, difícil no es imposible en nada relacionado con lo humano. A veces, la vida imita a la ficción. Ojalá, un día todos rían al recordarlo.
Porque aún hay más acepciones del término que nos ocupa. ¿Y si el corazón de los de Villamanín estuviese hecho de eso que llamamos “otra pasta”, de la mejor posible, de esa de las que estaban hechos los finales felices de los cuentos y las películas? Ojalá.