PANORAMA
El embrujo del Ártico
Comenzar el año dentro del Círculo Polar Ártico, además de obligarle a uno a salir bien abrigado a la calle, invita a acercarse a la historia de aquellos que, en tiempos sin rompehielos ni GPS, y en lugar de abstenerse de ir más allá de lo indispensable, como el buen juicio aconsejaba, sintieron el impulso de explorarlo.
Entre ellos, ninguno tan célebre como Roald Amundsen, a quien paradójicamente —o no— recordamos como conquistador del Polo Sur, porque su codiciado Polo Norte se lo quitó antes el marino estadounidense Peary. Tromsø, de donde partió una de sus expediciones y en la que le sale a uno al paso por doquier su recuerdo —un busto aquí, una fachada con su efigie allá—, con 17 grados bajo cero y la noche ártica al otro lado de la ventana, es un buen sitio para leer sus memorias, My Life as an Explorer, publicadas en Nueva York un año antes de su muerte. Lo que en ellas cuenta, con la franqueza y la crudeza de un hombre que se empeñó en vencer dificultades ímprobas y lo logró, arroja de la figura del aventurero una imagen que difiere de la que prefiere el tópico. En Amundsen se hace patente el valor, temerario alguna vez, pero es el cálculo, frío y concienzudo, lo que prevalece.
Ya desde adolescente comenzó a prepararse físicamente, ejercitando su cuerpo y habituándolo al helor —en el inclemente invierno noruego dormía con la ventana abierta—, porque sabía que de la resistencia de su organismo dependía el éxito. En sus sucesivas expediciones, desde el hallazgo del paso del Noroeste hasta la travesía aérea del Ártico en el dirigible Norge, tuvo siempre muy en cuenta cuál era el mejor medio disponible, las fechas, los lugares desde donde atacar el objetivo o invernar, cuando esto era necesario. El summum fue la expedición al Polo Sur, donde calculó las libras de carne que podía darle cada perro para ahorrar peso en los trineos y recurrió a ellos para reponer fuerzas durante el retorno, frente a la imprevisión del británico Scott, que este y los suyos acabaron pagando con la vida.
Los animalistas le juzgarán por ello con severidad, pero a cambio considérese otro hecho, que sus memorias no cuentan: Amundsen murió intentando rescatar al italiano Nobile, que se había perdido en el Ártico, y con quien había sostenido una agria querella por el mérito de la hazaña del Norge, que Nobile, que sólo pilotó el dirigible, pretendía arrogarse. Amundsen sabía que el piloto no dominaba el terreno y se mató por salvarlo. El blanco embrujo del Ártico se acabó nutriendo de su sacrificio.