Diario de León

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Ya no están Cordero del Campillo ni Goyo Boixo ni Luis «Palabras» ni mis tres tíos veterinarios —Luis García, Vitalino Llamazares y Manuel Morán (aunque me quedan dos primos también albéitares, Juan Antonio y Javier)— para exponerles la cierta perplejidad que me asalta al ver tanto veterinario que hoy desarrolla su oficio no con el mucho ganado vacuno, ovino, equino, de cerda o avícola que pobló esta provincia que atendían licenciados en esta facultad leonesa que ganó a pulso la mejor consideración entre las españolas, sino dedicados hoy a la atención de mascotas en los tantísimos establecimientos (clínicos, comerciales, estéticos...) destinados a este fenómeno creciente, profesionales entre los que alguno se molestó por el eco que ayer se hizo aquí de la denuncia de veterinarios británicos sobre el sobrediagnóstico y sobretratamiento dado a mascotas ante la presión de sus propios dueños o por intereses personales y comerciales con cirugías, prolongación artificial de la vida, ineficaz prescripción farmacéutica y, en fin, reiterada y costosa atención clínica... ¡todo por mi perrito!... ¡yo por mi gato mato!... Decadencias de imperios se explican a menudo con detalles así. Que tanta ciudad tenga ya más perros que niños es un síntoma. ¿Cómo nos verán las gentes a las que el hambre embarca en patera suicida?... con lo que gasta aquí una mascota achacosa comería su familia todo un mes. Y aquí recuerdo a mi tío Vitalino (nacido en un pueblo donde el perro trabajaba, no lujo o capricho), que acabando los años 50 le trajo su dueña agobiada a su perrita pekinesa (repelentita raza) por no comer lo que siempre le daba: higaditos, arroz hervido, ternerita picada... algo que mucha casa del barrio no veía ni en Navidad. Déjemela en observación, dijo Vitalino, y dejó que la naturaleza oficiara por ser ya muy vieja la perreta, que murió y a la mañana se lo comunicó a la dueña que se lo recriminó airada... (y aquí me viene al caso aquel médico con problema de frenillo: ¿famidia de Abedaddo Dodíguez?... damento comunicadles que su padiente no ha supedado el posopedatodio... ¡no me joda!, dijo uno... ¡ni mejoda, ni mejodadá!, concluyó el galeno).

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