Leña y escombro
Dicen los que teóricamente deberían hacer lo que dicen que el futuro de muchos pueblos —cuántas bocas llena de tonterías eso de la ruralidad—, especialmente de montaña, pasa por el cuidado y la mejora del medio ambiente. Es condición, seguro que fundamental. Otra cosa es saber en qué grado se cumple y, sobre todo, qué medidas se toman para que se cumpla. El problema radica, en buena medida, en las distintas administraciones, pero, sobre todísimo, y no se olvide, entre los ciudadanos que impunemente se empecinan en depositar toda clase de escombros, muebles y electrodomésticos inservibles, ruedas… y toda clase de mierda imprevisible en cualquier sitio, por muy hermoso que sea el rincón, si no son vistos. La escasez de vecinos, el abandono de los montes y los caminos también abandonados de la minería desaparecida facilitan mucho las cosas en este sentido.
Se puede deducir fácilmente de dónde hablo. Algunas localidades mineras del Alto Bernesga, no más de dos, gordonesas para más señas, son escenario favorito para estos menesteres ejercidos despiadadamente por estos depredadores del paisaje y la limpieza. Entran con remolques cubiertos por carreteras y caminos de la fenecida minería —abandonados a su suerte, como el paisaje desolado que dejan ante el lavado de manos de unos y otros— y buscan el lugar para depositar la carga. Cada día con menos miramientos, de forma más descarada. El problema añadido, y no de menor ponderación, es que no vuelven de vacío. El remolque se llena de leña, de cortas prohibidas, últimamente más insistentemente de lajas de piedra fáciles de levantar para el consumo propio y también para la venta. No sé qué nombre tendrá este tipo de operaciones. Pero alguien ha de poner freno tanto a las idas como a las vueltas, especialmente por parte del municipio. Las Juntas Vecinales tienen que recibir algún dinero, no ser meros comparsas, con el fin de llevar a cabo algunas acciones absolutamente necesarias.
En esta observación, repetida en varias ocasiones durante los últimos tiempos, se constata también esa zona, dedicada al parecer como proyecto a la pesca, paralizada según cuentan por disputas inútiles, abuso de cemento y mal gusto en un paraje que requiere otra estética, según opinión bastante generalizada. Y en ese misterio de frondosidad sin límites y silencios autoritarios, el reguero que ponía un cierto encanto más al paisaje, tan vilipendiado ya por tantos caprichos históricos, solo tiene el dibujo, nada de agua. ¿Será otro peaje de pago necesario amarrados al mostrador de la cantina? Los ciudadanos de a pie somos cada día más agredidos, y en muchísimos casos por autoridades de muy pocas luces. Pocas veces en la historia democrática se han visto dirigentes, en general, tan planos, con las excepciones que confirman la regla.