Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Azul impuesto indirecto

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No es que ya no sintamos esa especie de optimismo cuando se inaugura la clausura de una calle al tráfico rodado, sino que sucede tantas veces ese rescate de calzadas para la senescente sociedad andariega leonesa que poco a poco ha ido perdiendo efecto. Ya no es lo mismo el subidón peatonal. La dopamina no se distribuye hasta el último rincón del cuerpo con la misma intensidad que cuando, por ejemplo, descubrimos los verdes pagos de nuestra calle mayor recién pintada con paleta psicotrópica y fosforita. Se perdió el efecto. La novedad siempre es estimulante, mientras que la repetición conduce de forma inevitable a la monotonía, cuando no al final del amor. Las demasiadas reiteraciones terminan por convertir incluso a don Juan en un amante redundante y anodino.

Por más que pongamos de nuestra parte, hay cosas, como por ejemplo las víricas e invasoras zonas azules, que crecen con un control absolutamente descontrolado. El tren de Matallana no llega a su estación término, pero las plazas de estacionamiento de pago cualquier día llegan a las afueras de los aparcamientos disuasorios y suburbiales. Se nos dice, cada vez que pintan de azul impuesto indirecto las calzadas, que es a petición de los vecinos. A uno, lo primero que se le viene a la cabeza es el «No sé, Rick, parece falso». Pero no podemos llamar a un experto en demoscopia, ni tan siquiera tener acceso a esas presuntas solicitudes ciudadanas. Lo de las administraciones de cristal y la transparencia ciudadana ha terminado por ser un propósito de enmienda institucional que nació, vivió y murió en el pasado siglo. Ya lo han enterrado.

Ni calles peatonales ni zonas azules. Nada que esté pintado de colorines. A uno lo que de verdad le gustaría celebrar es la llegada a nuestra ciudad de una empresa con mil empleos, o de cien con diez, con esa misma especie de sentimiento patriótico que experimenta nuestro edil cuando inaugura la privatización para el paseo de una calle, clavando la bandera de sus alegres utopías de movilidad sobre la calzada y planta los estrambóticos colores que simbolizan la reconquista de esa rúa al mismo estatus que tenía en los tiempos del medievo o de los neandertales. Ese sentimiento, o una porción al menos de él, es el que uno querría sentir de vez en cuando. O, al menos, una vez en la vida. Por probarlo.

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