EL RINCÓN
Si va Fulano, yo no voy
A los misántropos de verdad nos cae mal la gente, sin distinción de ideologías y credos. Qué le vamos a hacer. Yo sobrellevo esta tara con grandes dosis de paciencia y disimulo porque tampoco es cuestión de ir soltando mordiscos por ahí, pero trato de evitar saraos, presentaciones y veladas. Cuando voy a una librería huyo de los dependientes obsequiosos y de las estanterías de novedades; prefiero vagabundear entre los anaqueles como un monje perdido en su scriptorium. Cada cual arrastra sus neuras y cosas peores suceden en Minneapolis.
David Uclés podría ser de los míos si no fuera porque siente la necesidad un poco irritante de adornarse en sus desprecios, publicando con gran trompetería sus aflicciones en Instagram. Quienes, pese a no llevar boina, practicamos una cortesía antigua sabemos que, si alguien ha tenido la gentileza de invitarte a un acto que no te interesa, lo correcto es renunciar con amabilidad y discreción. Sobre todo si ya habías comprometido tu asistencia. Y a veces, amigo Uclés, incluso es mejor dejarse llevar.
Una vez me propusieron participar en una charla con un tipo cuyas ideas me parecían algo más que reprobables. Dije que sí porque no sé decir que no. El día de la conferencia estuve a punto de fingir una apendicitis súbita y, mientras me dirigía a la sala, sentí una vergüenza adolescente, como si las chicas del instituto me hubieran pillado yendo a misa con mis padres. Lo asombroso del caso fue que aquel tipo de ideas reprobables resultó ser un hombre culto, inteligente y hasta divertido.
Lo tienen ahora de obispo en no sé dónde. Quizá les sorprenda saber que ni me pervirtió ni me contaminó ni las resonancias han revelado daño cerebral alguno.