Cuerpo a tierra
Sindicatos
Un sindicato es un club de trabajadores —al menos en principio— dirigidos generalmente por ex trabajadores. Aliados para el resguardo de sus derechos y la defensa de unas posiciones ya ganadas tras luchas seculares nada fáciles, pues consistieron en arrancar algunos privilegios a empresarios dentro de la dialéctica entre fuerza de trabajo y capital, cuando no en la de esclavo-amo, si nos remontamos a cuando los sindicatos aún no existían pero ya se intuían bajo iniciativas como Espartaco o Robin Hood. Algo, el sindicato, que por lo menos a uno se le antoja una de esas cosas necesarias que, de no existir, habría que inventarlas. Lo cual no significa que, como todo, sea perfectible e incluso que esté sujeto a procesos de decadencia y ruina. Si cayó el imperio romano, a quién puede extrañarle que exista la España vacía. Se acordarán de aquella pintada callejera: «Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro demasiado bien». Algo así es la percepción que se tiene de los sindicatos: viejos barcos varados en una playa que ya no responden como debieran a las razones para las que fueron creados.
Reflotar el movimiento sindical, actualizarlo para evitar ese lento declive, hogaño se antoja algo nada sencillo. Hay quienes esgrimen, para explicarlo, una concepción de las relaciones de trabajo que se ha quedado antañona, pero hay sindicatos que no son de clase y, pese a no tener esa rémora de pensamiento, tampoco están boyantes. Las crisis del asociacionismo, aunque la unión hace la fuerza, quizá provenga de que nuestra sociedad está enfocada hacia el individualismo. Sin promesa de espectáculo o diversión, cualquier iniciativa colectiva nace lastrada de antemano, porque el hedonismo es un factor primordial de atracción de voluntades en nuestra época. También –todo hay que decirlo, porque algún caso conozco– existen quienes reniegan de los sindicatos desilusionados de que tanta maquinaria dé tan poca producción: probaron el paño y les pareció que la pólvora de antaño estaba mojada.
Los ensayistas, que a veces analizan con lentes de pasado mañana la realidad de hoy, dicen que el capitalismo de producción está de capa caída, frente al poscapitalismo o capitalismo de consumo al que la mayoría de las sociedades occidentales nos hemos entregado, delegando en oriente la fabricación de casi todo. Si sucede lo que aventuran, a los sindicatos no los salva ni Dios. Habrá quienes se alegren. Yo no.