FUERA DE JUEGO
Peleando balas
Me he resistido en todo lo posible a admitir que el mundo está cambiando drásticamente en demasiado poco tiempo. Harto de tremendismos, de pronósticos agoreros y de avisos catastrofistas, más o menos perversos, pensaba que la Humanidad había aprendido algo del cruento siglo pasado. Nunca se acumuló tanto horror ni tanta barbarie con personajes como Hitler y Stalin, que se han aupado en la lista de criminales de toda la historia con mayor número de víctimas. Mortales y de las otras, que también las cuentan por cientos de miles.
El sueño de la paz parecía que iba más allá de los ‘petas’ que se fumaron los de la generación de John Lennon y los del concierto de Woodstock, o los que desenladrillaron el suelo de París para lanzar los adoquines, alegando que había que «ser realistas y pedir lo imposible». Los que ya no hicimos la mili pasamos del medio siglo en acumulación de cumpleaños, y creímos que ésta era la buena, la de ir poco a poco relegando el belicismo a unos territorios menguantes, y con unos dictadores a los que se derrocaría tarde o temprano. El aviso de la destrucción de Yugoslavia, y las carnicerías que sembraron sus actuales países de un odio difícilmente cicatrizable en generaciones, no fue escuchado. Ni tampoco las matanzas, en países como Chechenia, y las regiones de los grandes lagos africanos, entre hutus y tutsis. Aquello sonaba lejano, incluso la eterna guerra entre palestinos y judíos, que se abrió para seis días y amenaza con prolongarse seis siglos. Quizá tengan buena culpa los que siguen empecinados en ver asesinos buenos y malos. Genocidas, dictadores... y todo tipo de protagonistas y valedores de aberraciones, a los que se da cuartel cuando se comulga con ellos. El dato de que siguen viviendo más personas en dictaduras que en países con libertad y derechos humanos puede servir de termómetro de la enfermedad del Planeta. Y con esa reabierta pugna por el poder entre bloques gigantes. Que comen piezas y, como en el ajedrez, animan a los peones, países forzados a refugiarse en el entorno de los poderosos, a buscar su cuota en lo que se convierte en el negocio de lo bélico. Si cuando empleaba un ratín en peinarme porque aún tenía pelo me llegan a decir que provincias españoles iban a pugnar por acaparar industrias armamentísticas y lo venderían como logros sociales... no habría tirado a la basura mi desgastada sudadera de Greenpeace.