Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

De Calle a Acera

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Que las calles son para los peatones es una frase con tanta solidez intelectual como decir que las autopistas pertenecen a los ciclistas, que al paso que vamos no tardará mucho en ser la siguiente reivindicación de la progresía anunciadora del apocalipsis ecológico que aspira a combatirlo con hábitos paleolíticos como la tracción humana. A cualquiera se le alcanza que las aceras son el lugar destinado a quienes van a pie desde los tiempos de Roma, y que pedir que sean más anchas en ciertos casos igual sería algo razonable desde ese punto de vista andarín, tampoco hacen falta informes independientes cuando se cuenta con algo de sentido común y ojos para ver. Unos ojos que son multitarea, porque lo mismo son capaces de apreciar dichas estrecheces que baldosas sueltas o malas hierbas creciendo entre las junturas que conviene esquivar para no tropezarse.

A las calles peatonales considera uno que habría que nombrarlas como aceras, ya que, al eliminar la calzada, son todo acera. Tiene algunos inconvenientes administrativos –esos mismos con que se excusa la lentitud en el renombrado de vías exigido por la ley de memoria democrática–, pero sería una medida acorde al alto impulso caminante que la municipalidad quiere dar a nuestra ciudad. Acera Ordoño II o Acera Carreras, aunque a esta seguramente le iría mejor Trinchera, ya que es recorrida mañana y tarde por el trenecito turístico, que, después de tantísimas promesas, es lo más parecido a un tranvía que tenemos, aunque no precisamente al servicio de los leoneses. Es una idea que ahí la dejamos apuntada, y gratis, con el valor añadido de que puede servir de cortafuegos si algún día se pretende la reversión a calles con su sección para los vehículos de esos viales.

Para esas calles hechas por completo vereda, consagradas al tránsito de peatones, además de rebautizarlas como «aceras», en algunos casos al menos convendría pensar algunos nombres hermosos. Este cambio no está muy visto y ya sorprendería, aunque antecedentes hay, como por ejemplo la Acera del Darro en Granada o la Acera de Recoletos en Valladolid, pero habría que aspirar a competir en buenos y altos sentimientos con casos como la Acera del Louvre de La Habana, la Acera de los Museos en Ciudad de México, la Acera de la Cultura en Quito y la Acera de la Amistad en Tokio. Digo.

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